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La Coctelera

Categoría: Educación hijos

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MATRIMONIO: PARA QUE HAYA CRECIMIENTO, NO CRISIS

MATRIMONIO: PARA QUE HAYA CRECIMIENTO, NO CRISIS

El matrimonio, como las empresas, ha de ser próspero, de lo contrario entristece y aburre. Sabemos la gran cantidad de energías necesarias para ---sin desaliento--- sacar adelante un proyecto empresarial.

Seguro que habrán oído alguna vez la muy acertada idea de hablar del matrimonio, el amor hombre-mujer-, como de un trabajo apasionante. Lo encuentro acertadísimo. Creo que, en verdad, el matrimonio requiere esfuerzo y sacrificio y, a la vez, puede ser motivo de gran disfrute, si se cuida a diario.

El matrimonio, como las empresas, ha de ser próspero, de lo contrario entristece y aburre. Todos sabemos la gran cantidad de energías necesarias para ---sin desaliento--- sacar adelante un proyecto empresarial.

Igual ocurre en el matrimonio que en la vida laboral. Es en esa tarea diaria donde se ejercitan las virtudes humanas. Así se llega a encontrar la felicidad propia, buscando la de los demás. De esta manera la felicidad es el resultado de una vida de entrega, por ello se puede ser feliz incluso con sufrimiento.

Pensemos que la ceremonia de la boda sólo fue el principio. Poco a poco se empieza a entender y valorar que la reverencia hacia la esposa o el esposo es más importante que el amor. La reverencia es muy superior al respeto. La primera necesidad de reverencia proviene de conocer lo que es el hombre, la segunda de saber bien qué es el matrimonio. De lo contrario, es muy difícil que éste alcance su elevadísima plenitud.

Viene a cuento un simpático hecho que transcribo, aunque quizás ya lo sepan. No pensemos que sea del siglo XVIII, pues es actual:

“Es la noche de bodas. El marido, con la mayor “naturalidad” del mundo, abre la puerta del dormitorio, sin avisar. Su mujer, con dulzura y sin vergüenza, le dice:
---Por favor, sal de la habitación y llama antes de entrar.
---¿Por qué tanta ceremonia? ---dice el marido.
Y la esposa, pausada, sin inquietarse, con elegancia y buen humor, comenta:
---Mi amor, pues para que nunca olvides el valor del permiso que ahora mismo voy a concederte”.

ENTREGA Y PLACER

Importa mucho no invertir los términos. Evitemos presentar la sexualidad como una condición previa para el amor. Es en realidad el amor matrimonial la condición primera para el regalo que es la entrega corporal. De lo contrario, el trato sexual separa y aleja al hombre y a la mujer, en lugar de unirlos. Como dice un amigo, el cerebro es el órgano sexual más poderoso.

Comprender es una tarea de amor hecha con la inteligencia. A última hora, comprender será compartir lo poco y lo mucho, lo grande y lo pequeño, lo temporal y lo eterno.

Por experiencia sabemos que, si queremos, somos capaces de sacar tiempo para todo aquello que verdaderamente nos interesa. Entonces ¿vamos a dejar de hacer un pequeño servicio a la esposa o a los hijos, por falta de tiempo?

Hay momentos en que irá muy bien desahogarnos, oxigenarnos de un tema que no acabamos de “cuadrar” con nuestro cónyuge. Bien, pero es vital tener esa confianza de amistad con la persona adecuada, en el momento oportuno y con cierta moderación.

No convirtamos el disgusto o la contradicción en una queja espectacular. Algunos fracasos personales e incluso problemas de salud o de carácter, se pueden convertir, si no se atienden a tiempo, en la excusa-causa para que la estabilidad del matrimonio pague las consecuencias. ¡Y eso no es justo!

Los medios que, en otro orden de cosas, por ejemplo el ámbito laboral, pondríamos para abordar con renovada ilusión una mejora personal y del equipo, parecen imposibles de poner en juego cuando se trata del matrimonio. ¡Pues no puede ser! Con sensatez, inteligencia y determinación, es preciso afrontar los sacrificios necesarios para mejorarse mutuamente, él y ella. Lo contrario es ser imprudentes. Y así, hasta las empresas más solventes acabarían en la bancarrota.

Es oportuno tener en cuenta que si lleváramos la cuenta de todos los defectos y errores de una persona, acabaríamos transformando en un ser despreciable hasta a la persona más encantadora. Todos necesitamos ejercitarnos desde muy chicos en la capacidad de pedir perdón y de perdonar.

El verdadero problema llega cuando hay desinterés por cuestiones familiares muy importantes como son la educación de los hijos, la administración del hogar o el trabajo del otro cónyuge. Es preciso evitar las “agendas ocultas” y recomenzar con sinceridad. Qué alivio será cuando al ver alguna incomprensión, no neguemos la injusticia que tenemos delante, pero reaccionemos renunciando a la venganza y queriendo lo mejor para el otro, a pesar de los pesares.

TERNURA Y UNIÓN

En estos asuntos nos urge ser reflexivos y objetivos. A veces, he visto gran preocupación por cómo puedan elegir los hijos una pareja adecuada para su matrimonio. Pues, mostrémosles un modelo de felicidad de carne y hueso.

En esta unión de dos personalidades que han de adaptarse, el marido y la mujer han de poner, enérgicamente, manos a la obra. Si el uno no se esfuerza, el otro deberá poner doble intensidad. Es un entrenamiento mutuo de libertad, responsabilidad y servicio, que construye la plenitud matrimonial.

Aunque no exista persona humana que sea capaz de satisfacer totalmente las necesidades de otro, sí encontramos en el matrimonio una fuerza que tiende a enlazar y a dar consistencia a dos diferentes maneras de ser.

Seguro que a todos nos agradará recordar algunos trucos para asegurar que ponemos los medios necesarios y razonables para ir a una. Como música de fondo tenemos el hecho clave, la prioridad, de intentar en todo momento adelantarnos a lo que pueda necesitar nuestra esposa o esposo. Es un “prejuicio” buenísimo que se puede adornar sistematizando detalles como:

---Tres días fijos a la semana llegar lo antes posible y puntualísimo a casa, evitando toca excusa laboral o de amistad.

---Al menos tres días a la semana, hablar tranquilamente, sin TV ni niños, antes de ir a descansar.

---Buscar y dar un beso “pausado” al esposo o esposa, nada más llegar a casa.

---Al menos una vez al mes salir a cenar o pasear los dos solos, como recién casados, hablando de temas de interés y agradables para ambos. Con paciencia, con tiempo. Saboreando la compañía de alguien que está a tu lado para facilitar las cosas, para buscar tu felicidad.

Todas y todos podríamos seguir la narración, pues cada uno sabe mejor que nadie lo que hace la vida más agradable a su propio cónyuge.

En fin, disfrutemos levantando, a diario, la principal empresa que tenemos entre manos, pues es la familia la realidad humana por excelencia, principio básico para cualquier mejora de la sociedad.■■■■■

Emili Avilés i Cutillas
www.educaresfacil.com

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Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos

Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos
El asombroso poder de la comida familiar

Firmante: Carolyn Moynihan
12-10-2005
113/05

http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=11894

Hace cincuenta años, antes de la expansión de las megápolis, la globalización y los matrimonios de dos sueldos, había un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no solo para comer, sino también para contarse cómo había ido el día, escuchar a los demás y estrechar los lazos familiares.

¿Un mito? Quizás. A decir verdad, también hace cincuenta años había empleados con turno de noche, padres que viajaban mucho y madres que trabajaban fuera de casa. Había profesionales que salían tarde del trabajo y papás que pasaban por la taberna antes de ir a casa, también tarde. La conversación en la mesa tal vez consistía, muchas veces, en peleas entre los chicos y exhortaciones de los padres: "esos modales...", "acostúmbrate a comerte lo que te pongan"... ¡Para quién no sería un alivio, a veces, poder librarse de la compañía de sus personas más cercanas y más queridas para dedicarse a sus aficiones!

De todas formas, el mito de la comida familiar encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que en nuestro mundo individualista y tecnificado solemos olvidar. Esto es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre alimentación, y lo que le movió a escribir "El asombroso poder de las comidas familiares: Cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos" (1). El mismo título hace afirmaciones atrevidas, basadas sin embargo no en tradiciones y mitos, sino en estudios científicos, en gran parte sobre adolescentes.

Para prevenir problemas

Veamos, por ejemplo, el estudio que motivó el trabajo de Weinstein. El objetivo del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas (CASA), de la Universidad de Columbia, es que los jóvenes no caigan en conductas destructivas (consumo de drogas, alcohol y tabaco, así como embarazos de adolescentes). En 1996 hizo un estudio para ver si había algo característico de los chicos que no presentan tales problemas. Para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que la asistencia a la iglesia o las notas.

Desde entonces, el CASA viene repitiendo esta encuesta todos los años. La de 2003 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos o al menos cinco veces por semana. En el segundo grupo son más los que dicen no haber probado nunca el tabaco (85%, contra el 65% en el primer grupo), el alcohol (68% contra 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Esos mismos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y tedio, y sacan mejores notas.

A resultados similares han llegado Marla E. Eisenberg y sus colegas (Universidad de Minnesota), que en 1998-99 reunieron datos de 4.767 adolescentes de distintas zonas. Según este estudio, comer en familia habitualmente contribuye a prevenir depresiones y suicidios, especialmente entre las chicas. La influencia negativa de no comer en familia se mantiene aun entre los chicos que dicen tener "buenas relaciones" con sus padres, así como una vez descontada la influencia de la situación matrimonial, el grado de instrucción, la raza y el nivel socio-económico de los padres. Los autores del estudio aventuran que "quizás las comidas en familia proporcionan a los padres una ocasión, formal o informal, de atender al bienestar emocional de sus hijos adolescentes, las chicas en especial".

De los jóvenes estudiados por los investigadores de Minnesota, solo una cuarta parte hacía siete o más comidas en familia por semana, y un tercio, una o dos, o ninguna. Pero hay indicios de mejora: las encuestas CASA muestran un aumento de la proporción de adolescentes que comen en familia no menos de cinco veces a la semana: del 47% en 1998 al 61% en 2003.

Una ocasión para hablar

Si las comidas familiares no hicieran más que prevenir el consumo de drogas en adolescentes, solo por eso valdría la pena tenerlas. Pero, naturalmente, hacen mucho más que eso. Previenen males porque antes han cumplido una tarea más fundamental. Como dice Weinstein, "estas comidas permiten a los hijos comunicarse regularmente con los padres, y a los padres comunicarse con los hijos. Nos conectan con nuestras tradiciones religiosas, culturales y familiares".

Regularidad es lo que ante todo Weinstein tiene en mente cuando llama "ritual" a la comida familiar. No es algo que hayamos de reinventar todos los días, algo que nos exija empeño para que sea un tiempo de convivencia familiar con "calidad"; es algo que prácticamente cualquiera puede hacer. La comida familiar "saca partido de necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos juntos el camino de la vida". Esta intimidad natural es la base sobre la que luego se levanta la "calidad". "Los investigadores descubren que nuestros más significativos recuerdos de la infancia no son grandes acontecimientos, como espectáculos o eventos deportivos, sino más bien el cariño mutuo, el compartir, el pasar tiempo juntos", dice Weinstein.

Pero el sentido religioso del "rito" no está fuera de lugar cuando hablamos de las comidas familiares, como han aprendido tantas generaciones acostumbradas desde la infancia a bendecir la mesa, y Weinstein, de tradición judía, no teme traerlo a colación. "Dedicarnos tiempo, hacer de nuestra mesa lo que una mujer que entrevisté llamaba 'un pequeño lugar santo', constituye un oasis en nuestro ajetreado mundo", dice. Podríamos ir más allá y decir, con James Stenson en su web Parent Leadership (www.parentleadership.com), que la comida familiar es "un tiempo sagrado para compartir, en el que invocamos la bendición de Dios sobre la familia y nos tratamos con cordial respeto".

Aprendizaje de virtudes

Stenson hace este comentario a propósito de las buenas manera en la mesa, asunto que vuelve a ponerse de moda ahora que los padres criados en los tiempos del "todo vale", en los años sesenta y setenta, se descubren desprovistos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social.

Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados para un estudio piloto en Minnesota decían que solían ver la tele durante las comidas), el teléfono, mensajes de móvil, Internet, videojuegos o alguien que se levanta de la mesa antes de tiempo para acudir a una cita– es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños, los niños aprenderán del ejemplo de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras (¡o de las malas!).

Aprenderán, como señala Weinstein, cosas tan elementales como qué cantidad es razonable ponerse o en qué consiste una comida equilibrada; a privarse de tomar algo fuera de hora para que todos tengan apetito al momento de sentarse a la mesa; a hacer pausas para conversar, y así evitar comer demasiado (nuestro organismo necesita veinte minutos para tener sensación de saciedad) y también los melindres. De este modo los niños estarán protegidos contra la obesidad, y las niñas, en especial, contra la anorexia y otros trastornos alimentarios.

Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación –a escuchar y a contar– y, al parecer, les suministra la mayor parte de su vocabulario.

Además –y esto es más importante–, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar esos valores en la vida cotidiana y a los problemas y oportunidades que encontrarán en la sociedad. Muchos de esos valores pueden hacerse virtudes alrededor de la mesa misma: estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre...; o inmediatamente antes y después: cuando los niños ayudan a preparar la comida y a quitar la mesa y fregar los platos, aprenden a servir a los demás y también a cuidar de sí mismos.

Una forma fácil de cuidar la familia

Con todo esto y mucho más a su favor, ¿por qué ha decaído la comida familiar? Actúan, por una parte, fuerzas exteriores, como la competencia de la comida rápida y las distracciones electrónicas que tanto se han multiplicado. Por otra parte, hay también factores como el trabajo de las madres fuera del hogar (el estudio de Minnesota muestra una correlación entre comidas familiares y madres que solo trabajan como amas de casa), horarios de trabajo excesivos (sobre todo entre los padres), niños con demasiadas actividades (entrenamientos, natación, clases de música...) y madres separadas o solas.

Pero, con excepción de la madre sola (un padre que vive en alguna parte pero nunca está a la mesa es un obstáculo permanente, psicológico y también práctico, para la cena familiar), ¿no son, en el fondo, excusas todas o casi todas las demás razones para no comer en familia?

En un reciente artículo del "Wall Street Journal" (29-07-2005), el editor neoyorquino Cameron Stracher indicaba una razón, que por lo general no se reconoce, del declive de las comidas en familia: los padres no quieren comer con sus hijos. Decía Stracher: "Muchos hombres dicen que, si hubieran de escoger entre tiempo y dinero, optarían por el tiempo; en realidad, escogen el dinero. Al fin y al cabo, ¿quién quiere habérselas con una niña de seis años presa de una rabieta porque le han puesto la pasta con salsa verde? Es mucho más cómodo quedarse en la oficina, encargar la cena, tomar una cerveza y volver a casa cuando los niños ya están durmiendo. Hay familias en que padre y madre están en casa pero esperan para cenar hasta que los niños se hayan ido a la cama. Como me dijo una madre: 'No es divertido comer con ellos'".

Stracher, por su parte, ha decidido cooperar: ha instaurado las "cenas con papá", comprometiéndose a cenar con su mujer y sus dos hijos al menos cinco noches por semana durante un año entero.

Nadie debería restar importancia a las fuerzas que hoy amenazan la cohesión de la familia y convierten a sus miembros en compañeros de piso que comen solos y tienen su comunidad en otra parte. Comer juntos no es todo, cuando se trata de intimidad familiar y del bienestar de los pequeños; pero sin duda es una parte y, como Weinstein sugiere, la parte más factible. Añadamos fuerza de voluntad y la comida familiar recobrará su puesto en el hogar.

____________________

(1) Miriam Weinstein, "The Surprising Power of Family Meals: How Eating Together Makes Us Smarter, Stronger, Healthier and Happier", Steerforth, Hanover (EE.UU.), 2005, 272 págs, 22,95 $.

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MANTENER UNA ACTITUD PARTICIPATIVA CON LOS HIJOS DURANTE TODA LA VIDA RESULTA PRIMORDIAL

MANTENER UNA ACTITUD PARTICIPATIVA CON LOS HIJOS DURANTE TODA LA VIDA RESULTA PRIMORDIAL
El padre es crucial para el desarrollo profesional de hijos e hijas
La importancia de la figura paterna en el desarrollo de la personalidad es indiscutible. Además, afecta a un área central de nuestras vidas: el trabajo. Las actitudes dentro de nuestras carreras profesionales vendrán marcadas por el tipo de relación que tuvimos con nuestros padres durante la infancia, señala un psicólogo estadounidense. Niños y niñas aprenderán de ellos cómo comportarse para ser competitivos, ambiciosos, pasivos o felices con lo que hacen. Tocar a los bebés, hablarles, pasar tiempo con ellos y mantenerse en una actitud participativa con los hijos durante toda la vida, resulta primordial. Por Marta Morales de Tendencias Científicas.

10:18 - 20/05/2006 | Fuente: TENDENCIAS CIENTÍFICAS

El éxito, el fracaso o la actitud que tengamos en nuestras carreras profesionales en la edad adulta depende del tipo de padre que hayamos tenido. Al menos, eso es lo que afirma el psicólogo estadounidense Stephan Poulter, un estudioso de las relaciones padre-hijo desde hace veinticinco años, que acaba de sacar un libro al respecto, titulado “The father factor”.

Según Poulter, que también trabaja en Los Angeles con adolescentes en edad escolar, existen cinco tipos de padres: el super-triunfador, el bomba de relojería, el pasivo, el ausente y el mentor/clemente. Todos ellos influyen poderosamente en la vida laboral futura de sus hijos e hijas.

Si el padre es super-triunfador, por ejemplo, los hijos, una vez alcanzada la edad laboral, podrían tener la sensación de estar atascados, se rebelarían contra el padre y sentirían que no valen lo suficiente.

Los hijos de un padre del tipo “bomba de relojería, de un hombre que en cualquier momento puede romper en ataques de ira contra su propia familia, aprenderán a darse cuenta rápidamente del estado de humor de otras personas. Esta capacidad les permitirá ser excelentes negociadores, así como buenos profesionales en las secciones de recursos humanos de las empresas, aunque por ello no dejarán de ser personas inseguras y desconfiadas.

Miedos e inseguridad

Si el padre es pasivo ante los hijos, lo más probable es que éstos, de adultos, tengan dificultades para expresarse emocionalmente, algo necesario en un entorno laboral en el que también se gestan relaciones personales. Y si el padre está ausente durante la infancia, los hijos tendrán grandes dificultades a la hora de trabajar para jefes varones o de interactuar con figuras autoritarias masculinas, y vivirán enrabietados con dichas figuras.

Según Poulter, resulta esencial comprender la importancia de los padres en el desarrollo futuro de los hijos, tanto como padres de hijos, como hijos que no entienden por qué la carrera laboral les va de una determinada forma. Al parecer, los patrones se repiten.

Según hayan vivido su relación con los padres durante la infancia, los hombres y las mujeres pueden desarrollar un espíritu empresarial, darle mayor o menor importancia a sus carreras, vivir hastiados del trabajo o convertirse en líderes y jefes dentro de su profesión.

Poulter señala añade que la influencia del padre en la actitud frente al trabajo es uno de los secretos mejor guardados, algo de lo que muy poca gente es consciente.

¿Qué ocurre con las jóvenes?

Poulter se ha centrado sobre todo en el caso de los varones, pero también ha estudiado a las mujeres. Según explica el autor, entre los 10 y los 18 años, los padres producen que en las adolescentes crezca el sentido de la competencia. Si ese sentido no se interioriza, porque el tipo de padre no lo posibilita, la mujer sufrirá grandes desventajas en su lugar de trabajo.

Falta de confianza, que le llevarán a no arriesgar en la consecución de objetivos; sentimientos de inferioridad, así como deseo de no parecer demasiado “mandona” entre los compañeros masculinos; intento de conseguir la aprobación de los jefes varones, no ya por los propios logros laborales, sino por comportamientos infantiles o de aprovechamiento de la propia belleza, serán consecuencia de su falta de confianza en sí mismas.

Para hombres y mujeres, por tanto, resulta crucial tener una buena relación con su padre para poder desarrollar una personalidad segura y confiada en el futuro, a nivel laboral y a todos los niveles. Por eso, Paulter aconseja a los nuevos padres que se impliquen: tocar a los bebés, hablarles, pasar tiempo con ellos y mantenerse en una actitud participativa con los hijos durante toda la vida resulta primordial.

En el caso de padres divorciados, en la que la ausencia suele ser casi inevitable, da recomendaciones muy específicas: si uno no quiere convertirse en un padre del tipo ausente por el hecho de no vivir bajo el mismo techo que sus hijos debe: no criticar a la madre de éstos, aprovechar cada minuto que tenga para estar con ellos; en ese tiempo, actuar como si viviera siempre con ellos, y evitar lo que él llama “el síndrome del padre Disneyland”, esto es, que intente ganarse el cariño de sus hijos comprándoles todo lo que quieran. El futuro laboral de los hijos e hijas podría estar en sus manos.

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Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos

Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos
El asombroso poder de la comida familiar

Firmante: Carolyn Moynihan
12-10-2005
113/05

http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=11894

Hace cincuenta años, antes de la expansión de las megápolis, la globalización y los matrimonios de dos sueldos, había un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no solo para comer, sino también para contarse cómo había ido el día, escuchar a los demás y estrechar los lazos familiares.

¿Un mito? Quizás. A decir verdad, también hace cincuenta años había empleados con turno de noche, padres que viajaban mucho y madres que trabajaban fuera de casa. Había profesionales que salían tarde del trabajo y papás que pasaban por la taberna antes de ir a casa, también tarde. La conversación en la mesa tal vez consistía, muchas veces, en peleas entre los chicos y exhortaciones de los padres: "esos modales...", "acostúmbrate a comerte lo que te pongan"... ¡Para quién no sería un alivio, a veces, poder librarse de la compañía de sus personas más cercanas y más queridas para dedicarse a sus aficiones!

De todas formas, el mito de la comida familiar encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que en nuestro mundo individualista y tecnificado solemos olvidar. Esto es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre alimentación, y lo que le movió a escribir "El asombroso poder de las comidas familiares: Cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos" (1). El mismo título hace afirmaciones atrevidas, basadas sin embargo no en tradiciones y mitos, sino en estudios científicos, en gran parte sobre adolescentes.

Para prevenir problemas

Veamos, por ejemplo, el estudio que motivó el trabajo de Weinstein. El objetivo del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas (CASA), de la Universidad de Columbia, es que los jóvenes no caigan en conductas destructivas (consumo de drogas, alcohol y tabaco, así como embarazos de adolescentes). En 1996 hizo un estudio para ver si había algo característico de los chicos que no presentan tales problemas. Para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que la asistencia a la iglesia o las notas.

Desde entonces, el CASA viene repitiendo esta encuesta todos los años. La de 2003 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos o al menos cinco veces por semana. En el segundo grupo son más los que dicen no haber probado nunca el tabaco (85%, contra el 65% en el primer grupo), el alcohol (68% contra 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Esos mismos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y tedio, y sacan mejores notas.

A resultados similares han llegado Marla E. Eisenberg y sus colegas (Universidad de Minnesota), que en 1998-99 reunieron datos de 4.767 adolescentes de distintas zonas. Según este estudio, comer en familia habitualmente contribuye a prevenir depresiones y suicidios, especialmente entre las chicas. La influencia negativa de no comer en familia se mantiene aun entre los chicos que dicen tener "buenas relaciones" con sus padres, así como una vez descontada la influencia de la situación matrimonial, el grado de instrucción, la raza y el nivel socio-económico de los padres. Los autores del estudio aventuran que "quizás las comidas en familia proporcionan a los padres una ocasión, formal o informal, de atender al bienestar emocional de sus hijos adolescentes, las chicas en especial".

De los jóvenes estudiados por los investigadores de Minnesota, solo una cuarta parte hacía siete o más comidas en familia por semana, y un tercio, una o dos, o ninguna. Pero hay indicios de mejora: las encuestas CASA muestran un aumento de la proporción de adolescentes que comen en familia no menos de cinco veces a la semana: del 47% en 1998 al 61% en 2003.

Una ocasión para hablar

Si las comidas familiares no hicieran más que prevenir el consumo de drogas en adolescentes, solo por eso valdría la pena tenerlas. Pero, naturalmente, hacen mucho más que eso. Previenen males porque antes han cumplido una tarea más fundamental. Como dice Weinstein, "estas comidas permiten a los hijos comunicarse regularmente con los padres, y a los padres comunicarse con los hijos. Nos conectan con nuestras tradiciones religiosas, culturales y familiares".

Regularidad es lo que ante todo Weinstein tiene en mente cuando llama "ritual" a la comida familiar. No es algo que hayamos de reinventar todos los días, algo que nos exija empeño para que sea un tiempo de convivencia familiar con "calidad"; es algo que prácticamente cualquiera puede hacer. La comida familiar "saca partido de necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos juntos el camino de la vida". Esta intimidad natural es la base sobre la que luego se levanta la "calidad". "Los investigadores descubren que nuestros más significativos recuerdos de la infancia no son grandes acontecimientos, como espectáculos o eventos deportivos, sino más bien el cariño mutuo, el compartir, el pasar tiempo juntos", dice Weinstein.

Pero el sentido religioso del "rito" no está fuera de lugar cuando hablamos de las comidas familiares, como han aprendido tantas generaciones acostumbradas desde la infancia a bendecir la mesa, y Weinstein, de tradición judía, no teme traerlo a colación. "Dedicarnos tiempo, hacer de nuestra mesa lo que una mujer que entrevisté llamaba 'un pequeño lugar santo', constituye un oasis en nuestro ajetreado mundo", dice. Podríamos ir más allá y decir, con James Stenson en su web Parent Leadership (www.parentleadership.com), que la comida familiar es "un tiempo sagrado para compartir, en el que invocamos la bendición de Dios sobre la familia y nos tratamos con cordial respeto".

Aprendizaje de virtudes

Stenson hace este comentario a propósito de las buenas manera en la mesa, asunto que vuelve a ponerse de moda ahora que los padres criados en los tiempos del "todo vale", en los años sesenta y setenta, se descubren desprovistos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social.

Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados para un estudio piloto en Minnesota decían que solían ver la tele durante las comidas), el teléfono, mensajes de móvil, Internet, videojuegos o alguien que se levanta de la mesa antes de tiempo para acudir a una cita– es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños, los niños aprenderán del ejemplo de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras (¡o de las malas!).

Aprenderán, como señala Weinstein, cosas tan elementales como qué cantidad es razonable ponerse o en qué consiste una comida equilibrada; a privarse de tomar algo fuera de hora para que todos tengan apetito al momento de sentarse a la mesa; a hacer pausas para conversar, y así evitar comer demasiado (nuestro organismo necesita veinte minutos para tener sensación de saciedad) y también los melindres. De este modo los niños estarán protegidos contra la obesidad, y las niñas, en especial, contra la anorexia y otros trastornos alimentarios.

Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación –a escuchar y a contar– y, al parecer, les suministra la mayor parte de su vocabulario.

Además –y esto es más importante–, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar esos valores en la vida cotidiana y a los problemas y oportunidades que encontrarán en la sociedad. Muchos de esos valores pueden hacerse virtudes alrededor de la mesa misma: estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre...; o inmediatamente antes y después: cuando los niños ayudan a preparar la comida y a quitar la mesa y fregar los platos, aprenden a servir a los demás y también a cuidar de sí mismos.

Una forma fácil de cuidar la familia

Con todo esto y mucho más a su favor, ¿por qué ha decaído la comida familiar? Actúan, por una parte, fuerzas exteriores, como la competencia de la comida rápida y las distracciones electrónicas que tanto se han multiplicado. Por otra parte, hay también factores como el trabajo de las madres fuera del hogar (el estudio de Minnesota muestra una correlación entre comidas familiares y madres que solo trabajan como amas de casa), horarios de trabajo excesivos (sobre todo entre los padres), niños con demasiadas actividades (entrenamientos, natación, clases de música...) y madres separadas o solas.

Pero, con excepción de la madre sola (un padre que vive en alguna parte pero nunca está a la mesa es un obstáculo permanente, psicológico y también práctico, para la cena familiar), ¿no son, en el fondo, excusas todas o casi todas las demás razones para no comer en familia?

En un reciente artículo del "Wall Street Journal" (29-07-2005), el editor neoyorquino Cameron Stracher indicaba una razón, que por lo general no se reconoce, del declive de las comidas en familia: los padres no quieren comer con sus hijos. Decía Stracher: "Muchos hombres dicen que, si hubieran de escoger entre tiempo y dinero, optarían por el tiempo; en realidad, escogen el dinero. Al fin y al cabo, ¿quién quiere habérselas con una niña de seis años presa de una rabieta porque le han puesto la pasta con salsa verde? Es mucho más cómodo quedarse en la oficina, encargar la cena, tomar una cerveza y volver a casa cuando los niños ya están durmiendo. Hay familias en que padre y madre están en casa pero esperan para cenar hasta que los niños se hayan ido a la cama. Como me dijo una madre: 'No es divertido comer con ellos'".

Stracher, por su parte, ha decidido cooperar: ha instaurado las "cenas con papá", comprometiéndose a cenar con su mujer y sus dos hijos al menos cinco noches por semana durante un año entero.

Nadie debería restar importancia a las fuerzas que hoy amenazan la cohesión de la familia y convierten a sus miembros en compañeros de piso que comen solos y tienen su comunidad en otra parte. Comer juntos no es todo, cuando se trata de intimidad familiar y del bienestar de los pequeños; pero sin duda es una parte y, como Weinstein sugiere, la parte más factible. Añadamos fuerza de voluntad y la comida familiar recobrará su puesto en el hogar.

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(1) Miriam Weinstein, "The Surprising Power of Family Meals: How Eating Together Makes Us Smarter, Stronger, Healthier and Happier", Steerforth, Hanover (EE.UU.), 2005, 272 págs, 22,95 $.

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El eclipse del padre

Entrevista a monseñor Paul Josef Cordes, autor de El eclipse del padre

LA FALTA DEL PADRE ES ALARMANTE

Paul Josef Cordes es, desde 1995, arzobispo y Presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, y autor del interesante libro El eclipse del padre, publicado por la Editorial Palabra, en el que se estudian a fondo las causas y las consecuencias que puede acarrear la ausencia del padre en la familia, o su presencia mal entendida

http://www.temas.cl/nuevo/index.htm

Cuáles cree que son los motivos del eclipse del padre?
Menciono sólo algunos pocos pensamientos para indicar cambios fundamentales. En comparación con tiempos pasados, ha mudado de forma considerable la preparación de los niños para enfrentarse a la vida e iniciarse en ella. En los siglos pasados, el padre poseía una función central en la transmisión de las habilidades básicas para la vida: transmitía su oficio, daba orientaciones para la política, el comportamiento en la sociedad; para los adolescentes, en su proceso de maduración, era el modelo más inmediato. Hoy la nueva generación en general, con los medios técnicos a su disposición, sabe más que los padres sobre el ordenador, Internet, las maquinas, la publicidad, los idiomas extranjeros y la Bolsa. Los padres, y a menudo también las madres, trabajan fuera de la familia y no pueden ser modelos inmediatos para sus propios hijos. Otro elemento es la nueva concepción de autoridad: en una democracia, la autoridad es otorgada por un tiempo determinado; tras este lapsus de tiempo, decae. Esta concepción político-social repercute, sin lugar a dudas, también sobre el papel y el poder de decisión del padre. No por último, es de gran relevancia el influjo del feminismo moderno sobre la comprensión que los hombres y los padres poseen de sí mismos.

¿Cree que las consecuencias de la ausencia del padre se ven reflejadas en nuestra sociedad?
Existen, en primer lugar, las afirmaciones de los antropólogos, que se basan sobre todo en la sociología. Algunos de ellos consideran que las divergencias psíquicas entre los sexos dependen sólo o principalmente del influjo cultural, y no de la naturaleza. Por lo tanto, sería necesario empujar a las chicas a jugar al fútbol y a los chicos a jugar con muñecas; las chicas deberían aprender a reparar coches y los chicos deberían tomar lecciones de ballet. Entonces la comprensión entre los sexos aumentaría –y finalmente la madre podría sustituir al padre y viceversa–. Esto se esconde también detrás de toda una serie de cambios legislativos; las nuevas disposiciones legales y los jueces, en casi todas las causas para la custodia de un niño –cuestión que, a menudo, se presenta a raíz de un divorcio–, dan la razón a la madre; a menudo ésta es para el niño la única persona de referencia. Los padres parecen ser superfluos. La idea del padre opcional se encuentra también en el origen de los conceptos de las Naciones Unidas con relación al papel del adulto en el acompañamiento de los niños y de los adolescentes; por ejemplo en la Conferencia mundial de El Cairo, en 1994. Existen sociólogos serios –por ejemplo, la famosa cátedra de Ciencias Sociales en Frankfurt– que opinan que la falta de padre favorece el resurgimiento de grupos de ultraderecha; los jóvenes buscan entre los machos la masculinidad y la firmeza que no hallan en el ámbito femenino.

¿Cómo definiría el papel del padre en la familia?
Es difícil. No se puede considerar al padre, de ninguna manera, un desdoble de la madre. Sólo con el padre, el niño puede hacer la experiencia de un tú; la madre no se percibe como un tú, sino como el propio yo. El amor hacia su mujer, madre de su hijo, lleva al progenitor a reconocer y a admitir su identidad de padre. Tiene que «aprender de la madre su propia paternidad» (Juan Pablo II). Se dirigirá cada vez más hacia el otro distinto de sí y descubrirá qué significa decir hijo mío. «¿Es verdad que, en la palabra padre, también el miedo encuentra su puesto? Nunca seré sólo calma, sino también tempestad. Y no dulzura pura, también llevo amargura»: así Karol Wojtyla hace hablar al padre en una poesía escrita hace muchos años. Y el padre se descubre después, ante las pruebas, no sólo como padre, sino también como hijo del Padre eterno.

¿Cómo ve el futuro de la familia?
Hoy se ve minada por las diferentes definiciones dadas en las leyes nacionales y en las prescripciones inspiradoras de las Naciones Unidas. Favorecen la existencia de solteros y, paradójicamente, llaman matrimonio a la convivencia de dos homosexuales. También es cierto que los tiempos modernos, con los cambios económicos, culturales, religiosos, han provocado un debilitamiento de los lazos familiares. No obstante, diversos factores antropológicos permiten dar a la familia un futuro netamente positivo. El ser persona, por ejemplo, no es posible sin el reconocimiento y el respeto de parte de los demás. Pero son, sobre todo, los parientes más cercanos quienes nos los dan. Nosotros, cristianos, estamos convencidos del significado de la familia, el primer lugar para la transmisión de la fe, que los padres no pueden delegar en nadie. El Antiguo Testamento ya otorgaba al padre el deber de comunicar a sus hijos el amor a Dios (cf. Dt. 6, 7). Quizá en los siglos pasados la familia apenas era tenida en cuenta. Ha sido sólo el Vaticano II, y de forma particular el Santo Padre, con continuos llamamientos, quien ha hecho tomar conciencia de la importancia y de la tarea de la familia en la Iglesia y en la sociedad.

¿Por qué, en vez de hablarse del humanismo cristiano en Europa, se habla del humanismo occidental? ¿Es eso un cliché marxista?
El francés Jacques Maritain, en su obra Humanismo cristiano, hace una distinción entre humanismo clásico y cristiano. Confirma que el humanismo clásico está compenetrado por una vasta herencia pagana, y remite, entre otros, a Homero, Sócrates y Virgilio. Yo tenía en la mente esta amplia comprensión, y de ninguna manera un concepto de lucha de tipo marxista. No quiero tampoco negar que también para los cristianos una vasta comprensión del humanismo puede encontrar su orientación en el Evangelio.
¿Por qué una persona sin hijos, con voto de celibato, escribe un libro sobre el padre?
Los padres corren el peligro de jugar sólo un papel secundario en nuestra sociedad. La relación del padre con la futura generación está quebrada, a veces turbada, o es inexistente. En la educación de los hijos dominan las madres. Ya desde un punto de vista psico-pedagógico, esto es fuertemente problemático para los adolescentes. Para una sana orientación en la fe, la falta del padre es dramática y alarmante. De hecho, nuestras experiencias naturales son la base de nuestra forma de concebir la fe; sacan a flote lo que el mensaje de Dios quiere suscitar en nosotros. Por esto, una concepción defectuosa del padre estropeará nuestra relación con Dios. ¿Qué pastor, qué catequista y educador podrá, por tanto, dejar pasar inobservados los cambios acontecidos en la imagen del padre?