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Categoría: Familia

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MANTENER UNA ACTITUD PARTICIPATIVA CON LOS HIJOS DURANTE TODA LA VIDA RESULTA PRIMORDIAL

MANTENER UNA ACTITUD PARTICIPATIVA CON LOS HIJOS DURANTE TODA LA VIDA RESULTA PRIMORDIAL
El padre es crucial para el desarrollo profesional de hijos e hijas
La importancia de la figura paterna en el desarrollo de la personalidad es indiscutible. Además, afecta a un área central de nuestras vidas: el trabajo. Las actitudes dentro de nuestras carreras profesionales vendrán marcadas por el tipo de relación que tuvimos con nuestros padres durante la infancia, señala un psicólogo estadounidense. Niños y niñas aprenderán de ellos cómo comportarse para ser competitivos, ambiciosos, pasivos o felices con lo que hacen. Tocar a los bebés, hablarles, pasar tiempo con ellos y mantenerse en una actitud participativa con los hijos durante toda la vida, resulta primordial. Por Marta Morales de Tendencias Científicas.

10:18 - 20/05/2006 | Fuente: TENDENCIAS CIENTÍFICAS

El éxito, el fracaso o la actitud que tengamos en nuestras carreras profesionales en la edad adulta depende del tipo de padre que hayamos tenido. Al menos, eso es lo que afirma el psicólogo estadounidense Stephan Poulter, un estudioso de las relaciones padre-hijo desde hace veinticinco años, que acaba de sacar un libro al respecto, titulado “The father factor”.

Según Poulter, que también trabaja en Los Angeles con adolescentes en edad escolar, existen cinco tipos de padres: el super-triunfador, el bomba de relojería, el pasivo, el ausente y el mentor/clemente. Todos ellos influyen poderosamente en la vida laboral futura de sus hijos e hijas.

Si el padre es super-triunfador, por ejemplo, los hijos, una vez alcanzada la edad laboral, podrían tener la sensación de estar atascados, se rebelarían contra el padre y sentirían que no valen lo suficiente.

Los hijos de un padre del tipo “bomba de relojería, de un hombre que en cualquier momento puede romper en ataques de ira contra su propia familia, aprenderán a darse cuenta rápidamente del estado de humor de otras personas. Esta capacidad les permitirá ser excelentes negociadores, así como buenos profesionales en las secciones de recursos humanos de las empresas, aunque por ello no dejarán de ser personas inseguras y desconfiadas.

Miedos e inseguridad

Si el padre es pasivo ante los hijos, lo más probable es que éstos, de adultos, tengan dificultades para expresarse emocionalmente, algo necesario en un entorno laboral en el que también se gestan relaciones personales. Y si el padre está ausente durante la infancia, los hijos tendrán grandes dificultades a la hora de trabajar para jefes varones o de interactuar con figuras autoritarias masculinas, y vivirán enrabietados con dichas figuras.

Según Poulter, resulta esencial comprender la importancia de los padres en el desarrollo futuro de los hijos, tanto como padres de hijos, como hijos que no entienden por qué la carrera laboral les va de una determinada forma. Al parecer, los patrones se repiten.

Según hayan vivido su relación con los padres durante la infancia, los hombres y las mujeres pueden desarrollar un espíritu empresarial, darle mayor o menor importancia a sus carreras, vivir hastiados del trabajo o convertirse en líderes y jefes dentro de su profesión.

Poulter señala añade que la influencia del padre en la actitud frente al trabajo es uno de los secretos mejor guardados, algo de lo que muy poca gente es consciente.

¿Qué ocurre con las jóvenes?

Poulter se ha centrado sobre todo en el caso de los varones, pero también ha estudiado a las mujeres. Según explica el autor, entre los 10 y los 18 años, los padres producen que en las adolescentes crezca el sentido de la competencia. Si ese sentido no se interioriza, porque el tipo de padre no lo posibilita, la mujer sufrirá grandes desventajas en su lugar de trabajo.

Falta de confianza, que le llevarán a no arriesgar en la consecución de objetivos; sentimientos de inferioridad, así como deseo de no parecer demasiado “mandona” entre los compañeros masculinos; intento de conseguir la aprobación de los jefes varones, no ya por los propios logros laborales, sino por comportamientos infantiles o de aprovechamiento de la propia belleza, serán consecuencia de su falta de confianza en sí mismas.

Para hombres y mujeres, por tanto, resulta crucial tener una buena relación con su padre para poder desarrollar una personalidad segura y confiada en el futuro, a nivel laboral y a todos los niveles. Por eso, Paulter aconseja a los nuevos padres que se impliquen: tocar a los bebés, hablarles, pasar tiempo con ellos y mantenerse en una actitud participativa con los hijos durante toda la vida resulta primordial.

En el caso de padres divorciados, en la que la ausencia suele ser casi inevitable, da recomendaciones muy específicas: si uno no quiere convertirse en un padre del tipo ausente por el hecho de no vivir bajo el mismo techo que sus hijos debe: no criticar a la madre de éstos, aprovechar cada minuto que tenga para estar con ellos; en ese tiempo, actuar como si viviera siempre con ellos, y evitar lo que él llama “el síndrome del padre Disneyland”, esto es, que intente ganarse el cariño de sus hijos comprándoles todo lo que quieran. El futuro laboral de los hijos e hijas podría estar en sus manos.

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El eclipse del padre

Entrevista a monseñor Paul Josef Cordes, autor de El eclipse del padre

LA FALTA DEL PADRE ES ALARMANTE

Paul Josef Cordes es, desde 1995, arzobispo y Presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, y autor del interesante libro El eclipse del padre, publicado por la Editorial Palabra, en el que se estudian a fondo las causas y las consecuencias que puede acarrear la ausencia del padre en la familia, o su presencia mal entendida

http://www.temas.cl/nuevo/index.htm

Cuáles cree que son los motivos del eclipse del padre?
Menciono sólo algunos pocos pensamientos para indicar cambios fundamentales. En comparación con tiempos pasados, ha mudado de forma considerable la preparación de los niños para enfrentarse a la vida e iniciarse en ella. En los siglos pasados, el padre poseía una función central en la transmisión de las habilidades básicas para la vida: transmitía su oficio, daba orientaciones para la política, el comportamiento en la sociedad; para los adolescentes, en su proceso de maduración, era el modelo más inmediato. Hoy la nueva generación en general, con los medios técnicos a su disposición, sabe más que los padres sobre el ordenador, Internet, las maquinas, la publicidad, los idiomas extranjeros y la Bolsa. Los padres, y a menudo también las madres, trabajan fuera de la familia y no pueden ser modelos inmediatos para sus propios hijos. Otro elemento es la nueva concepción de autoridad: en una democracia, la autoridad es otorgada por un tiempo determinado; tras este lapsus de tiempo, decae. Esta concepción político-social repercute, sin lugar a dudas, también sobre el papel y el poder de decisión del padre. No por último, es de gran relevancia el influjo del feminismo moderno sobre la comprensión que los hombres y los padres poseen de sí mismos.

¿Cree que las consecuencias de la ausencia del padre se ven reflejadas en nuestra sociedad?
Existen, en primer lugar, las afirmaciones de los antropólogos, que se basan sobre todo en la sociología. Algunos de ellos consideran que las divergencias psíquicas entre los sexos dependen sólo o principalmente del influjo cultural, y no de la naturaleza. Por lo tanto, sería necesario empujar a las chicas a jugar al fútbol y a los chicos a jugar con muñecas; las chicas deberían aprender a reparar coches y los chicos deberían tomar lecciones de ballet. Entonces la comprensión entre los sexos aumentaría –y finalmente la madre podría sustituir al padre y viceversa–. Esto se esconde también detrás de toda una serie de cambios legislativos; las nuevas disposiciones legales y los jueces, en casi todas las causas para la custodia de un niño –cuestión que, a menudo, se presenta a raíz de un divorcio–, dan la razón a la madre; a menudo ésta es para el niño la única persona de referencia. Los padres parecen ser superfluos. La idea del padre opcional se encuentra también en el origen de los conceptos de las Naciones Unidas con relación al papel del adulto en el acompañamiento de los niños y de los adolescentes; por ejemplo en la Conferencia mundial de El Cairo, en 1994. Existen sociólogos serios –por ejemplo, la famosa cátedra de Ciencias Sociales en Frankfurt– que opinan que la falta de padre favorece el resurgimiento de grupos de ultraderecha; los jóvenes buscan entre los machos la masculinidad y la firmeza que no hallan en el ámbito femenino.

¿Cómo definiría el papel del padre en la familia?
Es difícil. No se puede considerar al padre, de ninguna manera, un desdoble de la madre. Sólo con el padre, el niño puede hacer la experiencia de un tú; la madre no se percibe como un tú, sino como el propio yo. El amor hacia su mujer, madre de su hijo, lleva al progenitor a reconocer y a admitir su identidad de padre. Tiene que «aprender de la madre su propia paternidad» (Juan Pablo II). Se dirigirá cada vez más hacia el otro distinto de sí y descubrirá qué significa decir hijo mío. «¿Es verdad que, en la palabra padre, también el miedo encuentra su puesto? Nunca seré sólo calma, sino también tempestad. Y no dulzura pura, también llevo amargura»: así Karol Wojtyla hace hablar al padre en una poesía escrita hace muchos años. Y el padre se descubre después, ante las pruebas, no sólo como padre, sino también como hijo del Padre eterno.

¿Cómo ve el futuro de la familia?
Hoy se ve minada por las diferentes definiciones dadas en las leyes nacionales y en las prescripciones inspiradoras de las Naciones Unidas. Favorecen la existencia de solteros y, paradójicamente, llaman matrimonio a la convivencia de dos homosexuales. También es cierto que los tiempos modernos, con los cambios económicos, culturales, religiosos, han provocado un debilitamiento de los lazos familiares. No obstante, diversos factores antropológicos permiten dar a la familia un futuro netamente positivo. El ser persona, por ejemplo, no es posible sin el reconocimiento y el respeto de parte de los demás. Pero son, sobre todo, los parientes más cercanos quienes nos los dan. Nosotros, cristianos, estamos convencidos del significado de la familia, el primer lugar para la transmisión de la fe, que los padres no pueden delegar en nadie. El Antiguo Testamento ya otorgaba al padre el deber de comunicar a sus hijos el amor a Dios (cf. Dt. 6, 7). Quizá en los siglos pasados la familia apenas era tenida en cuenta. Ha sido sólo el Vaticano II, y de forma particular el Santo Padre, con continuos llamamientos, quien ha hecho tomar conciencia de la importancia y de la tarea de la familia en la Iglesia y en la sociedad.

¿Por qué, en vez de hablarse del humanismo cristiano en Europa, se habla del humanismo occidental? ¿Es eso un cliché marxista?
El francés Jacques Maritain, en su obra Humanismo cristiano, hace una distinción entre humanismo clásico y cristiano. Confirma que el humanismo clásico está compenetrado por una vasta herencia pagana, y remite, entre otros, a Homero, Sócrates y Virgilio. Yo tenía en la mente esta amplia comprensión, y de ninguna manera un concepto de lucha de tipo marxista. No quiero tampoco negar que también para los cristianos una vasta comprensión del humanismo puede encontrar su orientación en el Evangelio.
¿Por qué una persona sin hijos, con voto de celibato, escribe un libro sobre el padre?
Los padres corren el peligro de jugar sólo un papel secundario en nuestra sociedad. La relación del padre con la futura generación está quebrada, a veces turbada, o es inexistente. En la educación de los hijos dominan las madres. Ya desde un punto de vista psico-pedagógico, esto es fuertemente problemático para los adolescentes. Para una sana orientación en la fe, la falta del padre es dramática y alarmante. De hecho, nuestras experiencias naturales son la base de nuestra forma de concebir la fe; sacan a flote lo que el mensaje de Dios quiere suscitar en nosotros. Por esto, una concepción defectuosa del padre estropeará nuestra relación con Dios. ¿Qué pastor, qué catequista y educador podrá, por tanto, dejar pasar inobservados los cambios acontecidos en la imagen del padre?

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El Nuevo Orden Mundial frente a la familia. Las amenazas a la familia

El Nuevo Orden Mundial frente a la familia. Las amenazas a la familia

Pautas generales educativas. Padres, Estado e Iglesia.

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Los padres son “los primeros y principales educadores de sus propios hijos” (Juan Pablo II, 1994:16,8). El deber, que constituye grave obligación, de los padres de educar virtuosamente a los hijos, forma parte de sus obligaciones insustituibles e inalienables (Gravissimum educationis, 1965:3,1,2; Juan Pablo II, 1981:36,1,2). Cumple a los padres inculcar a los hijos “los valores esenciales de la vida humana” y “una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que `el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene´” (Juan Pablo II, 1981:37,1). Deben adquirir los hijos el sentido de la justicia que les conduzca al respeto de la dignidad humana y a que predomine en ellos la generosidad en el servicio y el sacrificio hacia los demás (Juan Pablo II, 1981:37,2). Los padres deben educarles para el amor como donación de sí mismos; por ello la educación sexual debe ofrecerse clara y delicadamente, y enlazada con los principios morales (Juan Pablo II, 1981:37,3,4,7; Pío XI, 1929:41,2).

Es por tanto irrenunciable la educación en la virtud de la castidad que implica un aprendizaje del dominio de sí y supone una necesaria preparación para lograr la madurez gradual de la personalidad (Juan Pablo II, 1981:37,5.39,1, 2003:92,1). El Estado comparte la tarea educativa en virtud del principio de acción subsidiaria de la autoridad (Gravissimum educationis, 1965:3,2; Pío XI, 1929:22,3,4), debiendo respetar en todo momento “los derechos innatos” de la Iglesia y de la propia familia a la educación cristiana (Pío XI, 1929:24,3), y promover una educación integral de la persona humana, incluida la formación religiosa y moral (Gravissimum educationis, 1965:7,1), pues la denominada escuela neutra o laica, prohibida a los niños católicos (Pío XI, 1929:48), y que siempre está ideologizada por poderosas corrientes inmanentistas (León XIII:1884:15) y es confesionalmente anticatólica, limita y cercena las posibilidades educativas de desarrollo y perfección del educando y de sus posibilidades morales, ocultando la dimensión central de la realidad personal (Pío XI, 1929:36.38).

Por el contrario, la escuela católica (…) educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana (…) [Por ello los padres tienen] “la obligación de confiar sus hijos (…) a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas, y de colaborar con ellas” (Gravissimum educationis, 1965:7,3.8,4).

De ahí que la ausencia de religión en el matrimonio y de la pérdida de estabilidad de la alianza conyugal reporte múltiples calamidades sobre las familias y sobre las sociedades y se malogra la educación de los hijos (Gutiérrez García, 2001:173; León XIII, 1880:15,16,17; Pío XI, 1929:39). Es por ello, como bien apunta Gutiérrez García (2001:194) que Los gobiernos incumplen su misión educativa, cuando se ponen al servicio dócil de ideologías, que de manera abierta o en forma encubierta predeterminan los contenidos de la enseñanza o canalizan la educación por derroteros contrarios al correcto sentido real del hombre y a los deseos de las familias. Es el educativo uno de los sectores, en que se padece en la actualidad el desvío de ciertos Estados en lo que respecta a su alta misión subsidiaria de la comunidad civil.
La misión educativa de la Iglesia tiene un papel específico a ejecutar.

Debe vigilar toda la educación de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina y en todo plan cualquiera, en cuanto se refiere a la religión y a la moral (…) para preservar a sus hijos de los graves peligros de todo veneno doctrinal y moral. Además, esta vigilancia de la Iglesia (…) reporta eficaz auxilio al orden y al bienestar (…) manteniendo a la juventud alejada de aquel veneno moral, que en esa edad inexperta y tornadiza suele tener más fácil entrada y pasar más rápidamente a la práctica. Pues sin una recta formación religiosa y moral –como sabiamente advierte León XIII- toda la cultura de las almas será malsana: los jóvenes, no habituados al respeto de Dios, no podrán soportar norma alguna de honesto vivir, y sin ánimo para negar nada a sus deseos, fácilmente se verán inducidos a trastornar los Estados. (Pío XI, 1929:13,2,3)

En idéntica línea señala Gutiérrez García (2001:195,196) que:
La Iglesia tiene exclusiva competencia en lo que concierne a “las verdades de fe y de la moral reveladas, e indirectamente y sin exclusividad todas las disciplinas y enseñanzas humanas, tanto en el desarrollo de las distintas materias, como en cuanto al juicio autorizado sobre el contenido de la enseñanza, respecto de su conformidad o disconformidad con la educación cristiana. Este derecho, que es deber (…) posee una extraordinaria eficacia inmunizadora contra el error.

Persigue igualmente la madurez total de la persona humana y que el bautizado gradualmente vaya intimando con Dios y contribuya con su vida “al crecimiento del Cuerpo de Cristo” (Gravissimum educationis, 1965:2; Juan Pablo II, 1994:39,2; Pío XI, 1929:11). La perfección educativa. El hombre “está llamado a vivir en la verdad y el amor” y a realizarse en plenitud mediante “la entrega sincera de sí mismo” (Juan Pablo II, 1988:7,12.7,14, 1994:16,1). De ahí que la verdadera educación consiste en obtener lo mejor de uno mismo, que pasa ineludiblemente por el propio y auténtico conocimiento y dominio, que indefectiblemente camina en paralelo, en concomitancia directa, al conocimiento de Dios, pues como afirma San Agustín “Dios es más interior a mi mismo que yo mismo”. Por ello “no puede existir educación completa y perfecta si la educación no es cristiana” (Pío XI, 1929:5) ya que “la educación (…) abarca a todo el hombre, individual y socialmente, en el orden de la naturaleza y en el de la gracia” (Pío XI, 1929:9,5).

El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios (Gen. 1, 26-27) e inferimos por tanto como correlato la necesidad que para conocerse a uno mismo haya que buscar la profundidad del conocimiento y del amor de Dios. Juan Pablo II (1994:19,10) expresa con claridad que “la fuente más rica para el conocimiento del cuerpo es el Verbo hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre”. El hombre se convierte en un extraño a si mismo si no conoce a Dios. La familia cumple una misión insustituible e irremplazable cual es la de promover los altos valores espirituales y morales, y es el lugar más apropiado y eficaz para culminar el proceso de madurez personal (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:960-962) en su cuádruple expresión física, psicológica, espiritual y afectiv. La “fase de la autoeducación” llega cuando el hombre posee un grado de madurez psicofísica tal que puede tomar opciones responsables acorde con la recta razón (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:663-666), y se vincula siempre con esa primera etapa educativa en que se han creado las “raíces existenciales” (Juan Pablo II, 1994:16,9,10).

Por ello la importancia vital y existencial de formar integralmente al educando en este primer periodo educativo. Declara en este sentido el Sagrado Concilio que “los niños y adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales y a aceptarlos con adhesión personal y también a que se les estimule a conocer y amar más a Dios” (Gravissimum educationis, 1965:1,3). En el campo de la educación religiosa, “la familia es insustituible” (Juan Pablo II, 1994:16,13). Deben los padres introducir a los hijos progresivamente en el descubrimiento del misterio de Dios y en la oración (Juan Pablo II, 1994:60,1,2). Es más, hay obligación “a ser exigentes con ellos en lo que atañe a su crecimiento espiritual. Se les debe indicar el camino de la santidad, estimulándolos a tomar decisiones comprometidas en el seguimiento a Jesús, fortalecidos por una vida sacramental intensa” (Juan Pablo II, 2003:62,2).

Se deben celebrar los Sacramentos “con el máximo esmero y poniendo las condiciones apropiadas” (Juan Pablo II, 2003:74). Insiste Juan Pablo II (2003:75,76,78,79) para experimentar “la alegría de una verdadera liberación (…) sin encerrarse en su [la] propia miseria”, en la confesión de los pecados personal con absolución individual, en la imperiosa necesidad de la oración personal, de incentivar continuamente la “fe en la presencia real y permanente del Señor en el Sacramento del altar”, y en el rezo del Santo Rosario. Pero esta necesaria y debida influencia educativa familiar se ve minada por el ataque directo contra la misma institución familiar por parte de los enemigos de la familia.

Nos encontramos frente a una verdadera guerra con una auténtica planificación estratégica, táctica y operativa. Se quiere “deconstruir” la familia (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:583), diluir los derechos, deberes, obligaciones y responsabilidades de los padres; se quiere, violando el justo principio de subsidiaridad, subsumir mundialmente, -pues previamente se ha eliminado la plena soberanía nacional incluso en el ámbito educativo transvasándola a organismos supranacionales dependientes de la ONU-, la competencia de enseñanza en todos los ámbito, sin cortapisas, para reducir al hombre mediante una educación desnaturalizada y radicalmente inmanentista de pretensiones mesiánicas, en un simple consumidor ególatra, “esclavo de su ciego orgullo y de sus desordenadas pasiones” (Pío XI, 1929:39), preocupado y ocupado en su búsqueda de bienestar (Juan Pablo II, 1995:23,1) y autosatisfacción instintiva por pulsiones.

Enemigos de primer orden contrarios a la familia y a su tarea educativa: positivismo jurídico y dirigismo cultural. Influencia negativa de la televisión. Fuerzas poderosas ancladas en el inmanentismo antropocéntrico tratan de subvertir el orden natural y social establecido por la ley natural. Son organismos internacionales políticos y económicos los promotores visibles de esta guerra imperialista no convencional contra la civilización cristiana, y que persigue la instauración de un nuevo orden mundial totalitario y uniformador (Schooyans, 2002). La imposición del positivismo jurídico y la acción deletérea del dirigismo cultural de los medios de comunicación son los instrumentos elegidos para difundir una nueva mentalidad decadente, mendaz y rupturista. El positivismo jurídico conforma mentalidades erróneas en torno a “valores” nuevos que niegan los antiguos. Al consagrar comportamientos contra naturam como “derecho” legalmente constituido y jurídicamente defendido, el rechazo social disminuye en porción muy alta, pues la ley crea mentalidad, crea hábitos, los desarrolla, cimienta y los arraig. El dirigismo cultural teledirigido a la degradación humana y cultural conduce inexorablemente a la decadencia moral: desorientación en la juventud (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:661,1022; Juan Pablo II. 1995:21,1), aumento de la corrupción política, crímenes, divorcios o violencia doméstica entre otras lacras sociales. En este sentido escribe Gutiérrez García (2001:173),

La DSI defiende contra viento y marea el valor natural y las realidades sustantivas del matrimonio, y advierte que los daños que se siguen de la morfología teratológica y de la desordenante ordenación jurídica del matrimonio que se ha introducido, provocarán una decadencia sin paralelo en la historia (…) La decadencia moral señala el ocaso de las culturas y de las civilizaciones. Podrán los pueblos neopaganos mantener, por un tiempo, cierto vigor material en el desarrollo de los bienes temporales, pero no pueden esquivar el derrumbe, hoy día sumamente acelerado, de los valores humanos permanentes.

Se hace continua chacota, solapada o directamente, de los “valores permanentes” instaurando de facto en las conciencias una antropología sin Dios. Es un dirigismo impuesto por poderosos grupos y que busca manipular para sus fines de predominio político y económico. Se ataca deliberadamente con saña y con alevosía a la Religión Católica, precisamente por aquellos que pregonan hipócritamente los derechos humanos, derechos “hijos de la opción irracionalista (…) que se han afirmado gradualmente con la consolidación de la denominada tradición `laica´” (Castellano, 2004:87, enero-febrero) y la igualdad o igualitarismo demagógico; por ser una religión organizada con una Iglesia jerárquica y que proporciona a las personas, y a la sociedad en conjunto, los medios necesarios para ser libres. Dentro de los medios de comunicación social, la televisión ejerce un dominio casi omnipresente y avasallador. Está determinando un mundo nuevo, una cultura nueva, un hombre nuevo, no carente de graves riesgos (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:1017-1018). Con frecuencia los medios de comunicación “cómplices de esta conjura” (Juan Pablo II, 1995:17,2) promueven, constata Juan Pablo II (2004:3,2), “causas contrarias al matrimonio y a la familia, perjudican al bien común de la sociedad”, al subordinarse “muchas veces tan sólo al incentivo de las malas pasiones y a la codicia de sórdidas ganancias” (Pío XI, 1929:56). La televisión fomenta una vida aburguesada, sedentaria, pues es una actividad pasiva que no requiere esfuerzo, como el afrontar la lectura de un libro, o la práctica de algún deporte. Cuando la televisión está encendida el diálogo familiar decrece.

Mengua igualmente la capacidad intelectual, que se manifiesta en apatía, desinterés, tedio. Es por ello que Juan Pablo II (2004:5,2) consciente de este peligro, escribe que los padres también deben reglamentar el uso de los medios de comunicación en el hogar. Esto implica planificar y programar el uso de los dichos medios, limitando estrictamente el tiempo que los niños les dedican, haciendo del entretenimiento una experiencia familiar, prohibiendo algunos medios de comunicación y excluyéndolos periódicamente todos para dejar espacio a otras actividades familiares. Sobre todo, los padres deben dar buen ejemplo a los niños, haciendo un uso ponderado y selectivo de dichos medios.

Enemigos ideológicos y demoledores del orden social de la familia. Siempre promotores directos del positivismo jurídico y del dirigismo cultural, y a su vez amparados, auspiciados y en connivencia con los mismos, los autores del siniestro plan de dominación programada de la humanidad se apoyan, en orquestada tramoya confabulatoria, en poderosos enemigos, creados por ellos mismos, que pugnan por la destrucción de la familia, y que podemos clasificarlos en dos grupos: enemigos ideológicos, como son la Masonería, el Marxismo y el Liberalismo; y enemigos demoledores del orden social, conexos con los anteriores en cuanto que éstos desde el poder legislan permisivamente el divorcio (Pío XI, 1930:19,1), el aborto (Pío XI, 1930:23; Juan Pablo II, 1995:11,1.14,3.59,2, 2003:95,2), la pornografía (Juan Pablo II, 1981:24,2), la eutanasia (Juan Pablo II, 1995:66,3, 2003:95,3) o el mismo infanticidio (Juan Pablo II, 1995:14,3). La Masonería y los poderes ocultos ligados a ella buscan afanosamente la destrucción de la familia, puesto que no reconoce ni la idea de un Ser Supremo, de una religión divina que guíe a la persona humana, ni la de un ente o institución que se encuentre por encima de la propia persona. Ya Gregorio XVI (Mirari vos, 1832) señala la Masonería como “la principal causa de todas las calamidades de la tierra y de los reinos” y como el “sumidero impuro de todas las sectas anteriores”. Leon XIII en la Humanum Genus (1884) incluye a la Masonería en la ciudad de Satanás, que trabaja por su reinado, con la desobediencia y la guerra a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia. Persigue con odio implacable a la Iglesia, al clero y a la enseñanza cristiana. Niega las verdades más fundamentales conocidas por la razón natural como la existencia de Dios, espiritualidad e inmortalidad del alma. El Marxismo se opone a la familia por ser ésta una institución conservadora, burguesa y por estimar que los primeros lazos del individuo se establecen con una institución supra-familiar como es el Estado, que es dueño de todo, el partido o la clase social. Violando el principio de subsidiaridad se atribuye funciones educativas que corresponden a los padres.

Esta concepción colectivista radical supedita a la familia y a la persona a una estructura social impersonal como la clase social, el partido o el Estado. En la práctica es la pura despersonalización del individuo (Gutiérrez García, 2001:306). Al postular un pragmatismo político de carácter totalitario, difuminando las nociones morales con fundamento ontológico de bien y mal (Calderón Bouchet, 2004:441, mayo-junio-julio), y un igualitarismo irrestricto (Calderón Bouchet, 2004:437, mayo-junio-julio), de suyo tiende a fomentar en la praxis resentimiento contra lo bueno, la excelencia, y rara vez permite que el talento aflore. El marxismo ideológico en época presente, en los lugares donde no se ha impuesto política y militarmente, lejos de extinguirse, se ha transformado eclosionando intelectual, social y culturalmente en una conjunción de variopintas ideologías y movimientos que se manifiestan políticamente en varias formas. Dos peligrosas tendencias provenientes del marxismo, y asumidas, sustentadas e impuestas ideológica y educativamente por agencias de la ONU están determinando decisivamente la construcción axiológica de la sociedad: multiculturalismo e ideología de género. Es la ideología de género, conocida también por “perspectiva de género” o por “feminismo de género” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:578), la que desnaturaliza radicalmente la familia (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:584-586). Ya en el “Manifiesto del partido comunista” Marx y Engels proponían “abolir la familia”, y por ende el matrimonio monógamo por ser una forma de “propiedad” y la principal fuente de opresión para la mujer. La pretendida abolición se traducía en una radical evolución igualitaria que llevase a la asunción de nuevos roles familiares (Calderón Bouchet, 2004:439, mayo-junio-julio). Derivado, subrogado o en connivencia con el marxismo, el feminismo radical muta la lucha de clases por la lucha de géner.Son los condicionamientos culturales “tradicionales” los que oprimen a la mujer. En este sentido predican “nuevos derechos” producto “del racionalismo político-jurídico” (Castellano, 2004:91, enero-febrero) que “liberen” a la sociedad de las “construcciones sociales” opresivas para la mujer y que “liberen” a la propia mujer de la opresión sufrida por el hombre dominador. Los “nuevos derechos humanos fundados “en sí mismos (como el imperativo categórico de Kant)” (Wagner de Reyna, 2004:82, enero-febrero) y promovidos, cuando no impuestos por los organismos internacionales bajo amenazas de retirada de ayuda financiera a los gobiernos (Juan Pablo II, 1995:16,3), pasan por los “derechos sexuales y reproductivos”, que esconden políticas de reducción poblacional, y aquí está incluido el aborto legal sin restricciones enfocado como un problema de la salud de la mujer (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:586-588,717,1027), métodos anticonceptivos incluida la esterilización, también en el marco de las “políticas de derechos a la salud reproductiva”, el libertinaje familiar sexual sin consecuencias penales, otorgar a las prostitutas y prostitutos la categoría de profesionales en paridad con cualquier otra profesión, facilidades para el divorcio unilateral o la legalidad y el mismo fomento de las uniones homosexuales con equiparación jurídica al matrimonio; la colectivización de las funciones y de las tareas domésticas, la educación enfocada al género como eje transversal o cuotas profesionales de género.

Lo que subyace en el fondo no es otra cosa que la pretensión satánica de destrucción de la Religión, del orden natural y de la familia, principales baluartes de personalización que posee la sociedad. Los promotores de esta ideología de género sostienen que el género lleva dentro de sí clase, y la clase conlleva desigualdad. Para superar esta desigualdad han creado ex nihilo una teoría en la que afirman que el género, al contrario del sexo, no es definido ni está determinado biológicamente, sino que es una construcción artificiosa de la antropología social y cultural. El género no viene de nacimiento, es algo que se va haciendo en la sociedad y puede aprenderse, y por tanto cambiarse. Las implicaciones son manifiestas y pasan por la abolición total de toda distinción entre hombres y mujeres. Si el género no viene por naturaleza y no pertenece al sexo respectivo, una persona con sexo masculino podría adoptar un género femenino y una persona con sexo femenino podría adquirir un género masculino. La misma atracción heterosexual o el instinto materno tampoco son naturales, son aprendidas y se pueden cambiar. El matrimonio monógamo no es lo natural, habría otras opciones igualmente válidas, incluida la zoofilia. Los rasgos propios de la masculinidad y de la feminidad no serían más que “roles de géneros socialmente construidos” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:581-583), adherencias culturales arraigadas en tradiciones o costumbres (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:795). Todo es “socialmente construido” y debe ser “deconstruido” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:796) para “liberarse” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:803) de la opresión. La ideología de género “es el núcleo de la nueva gnosis, y quien se adhiere a ella no está obligado a seguir ninguna norma de conducta moral” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:795), de ahí que los ideólogos de género pongan especial énfasis, en pensamiento que dimana del marxismo (Calderón Bouchet, 2004:446, mayo-junio-julio), en sostener que la religión como invento humano opresivo debe ser “deconstruida” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:588,589). El ataque a la Iglesia Católica y al Vaticano es frontal y furibundo por su defensa del matrimonio (León XIII, 1880:3.7; Juan Pablo II, 1981:3,3; Pío XI, 1930:3.11,6), la familia (Juan Pablo II, 1981, 1995:6,2), la sexualidad verdadera (Juan Pablo II, 1981:11,5,6,7.32,4,5,6, 2003:90,1) y el respeto y defensa de la vida humana (Juan Pablo II, 1981:30,5,6, 1995:3,3.5,4.39,2).

Especial gravedad por sus nefandas y nefastas consecuencias dañinas en la identidad de los niños y los jóvenes tiene la implementación transversal cultural y educativa de esta ideología de género en textos escolares, en programas sociales y en el diseño de las políticas públicas. Esta corrosiva implementación cultural y educativa, programada y ejecutada metódicamente, está siendo subrepticiamente infiltrada, difundida e integrada en la totalidad de la sociedad por los medios de comunicación social y las agencias de publicidad.

El fin, el mentado: crear una nueva sociedad aborregada, adocenada y pusilánime, una nueva familia desnaturalizada, un nuevo hombre deshumanizado, una nueva educación radicalmente inmanentista y una nueva cultura dominante y homogeneizante. Frente a esta preconizada disolución antinatural de las diferencias de sexo e igualdad absoluta entre hombres y mujeres, nosotros sostenemos, afirmando la plena igualdad en dignidad (Juan Pablo II, 1981:22,3.23,2, 1988:6,4.13,13.29,2, 2003:43,1; Pío XI:1930:10,2) y en fines últimos (Juan Pablo II, 1988:4,1.7,4, 1995:2,1), que es “erróneo y pernicioso a la educación cristiana (…) el método llamado de la coeducación” (Pío XI, 1929:42); y “el derecho inalienable de una educación que responda al propio fin, al propio carácter; al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias” (Gravissimum educationis, 1965:1,1), así como “una Antropología diferencial que tenga en cuenta que el ser humano es radicalmente hombre o mujer” (Goñi Zubieta, 1999:13). Vázquez Vega (2003:76-96) en cuadros esquemáticos muestra que somos “radicalmente distintos”, que aunque “nos parecemos mucho, lo cierto es que es mucho más en lo que no nos parecemos que en lo que sí nos parecemos”. Sucesivamente Vázquez Vega desglosa las diferencias genéticas ente mujer y hombre (2003:76), las fisiológicas (2003:77-80), las neurológicas (2003:80,81), las diferencias en los sentidos (2003:82), en la salud (2003:82,83), en el aprendizaje (2003:84,85), en la educación (2003:85,86), en la psicología (2003:86-92), en el trabajo (2003:92,93,94), y en el sexo (2003:95,96). Esta diferencia entre los sexos, por designio divino, es armónicamente complementaria, y ambos están llamados a realizar, en la diferencia, la construcción de la ciudad de Dios en el propio camino de santidad.

El liberalismo, coincidente con el marxismo en su raíz materialista, es otro enemigo de la familia pues enfatiza la omnímoda libertad del individuo con entera independencia de Dios y de encauzar esa libertad hacia el bien según la ley natural (Juan Pablo II, 1995:19,5). Para el liberalismo los actos humanos no deben estar sometidos a ningún tipo de coacción y el único límite es el orden público. La no coacción externa, interna, física, moral o psicológica conlleva que la posición de los padres como formadores de los hijos quede drásticamente limitada, pues acaba disolviendo la autoridad paterna, ya que no se debería “influenciar al niño, ni mucho menos forzarle, sino negociar con él situándolo en una posición de igualdad respecto al adulto” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:662). No “se puede discutir todo, en todos los aspectos. Una familia no es una democracia, como tampoco lo es la escuela” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:1018). Los padres tienen el grave deber de buscar el bien de los hijos, y ese bien tiene un contenido doctrinal y moral objetivo, que el relativismo ético inherente al propio liberalismo no reconoce (Juan Pablo II, 1995:20,1,2.70,1).

Frente a la renuncia paterna a su misión educadora, afirmamos que “la educación se basa, en primer lugar, en una cierta concepción de la existencia [que hay que imbuir al educando] y en numerosas exigencias que se deben proponer a la conciencia del niño” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:1024). Es por ello que el liberalismo al negar la absoluta y universal soberanía de Dios sobre este mundo y la afirmación de un orden natural inviolable, actúa corrosivamente en las familias (Juan Pablo II, 1995:20,1), desvirtuando tanto las verdades objetivas como las normas morales inmutables (Juan Pablo II, 1995:21,1), que son la garantía para la persona humana de auténtica y plena libertad y referencia nuclear en el proceso de personalización familiar que está llamado “a situar a cada uno de los nuevos miembros de la familia en el camino de la plenitud humana y cristiana” (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:961); desintegra la familia al no contribuir a cimentar la familia en el orden natural inviolable, que no considera, y la deja expuesta al arbitrio de una moral independiente destructora de la persona, abandonada a la violencia de las pasiones y a condicionamientos abiertos, sibilinamente presentados, u ocultos. Sentencia Juan Pablo II (1995:22,4) que “en realidad, viviendo `como si Dios no existiera´, el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser”.

En la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in Europa, Juan Pablo II (2003:7,1,2.8,1,2,3.9,1,2.10,1.68,1) en mirada panorámica y sumaria de la presente realidad europea, transida de liberalismo, denuncia las consecuencias, que colegimos fundamentalmente frutos del relativismo ético inherente a la democracia liberal (Juan Pablo II, 1995:70,1), de oscurecer la verdadera realidad ontológica de la persona: hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza (…) pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa (…) lento y progresivo avance del laicismo (…) el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida (…) dramático descenso de la natalidad, la disminución de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio. Se está dando una fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones (…) grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia (…) el egocentrismo que encierra en sí mismos a personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios (…) Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal (…) En la raíz de la pérdida de esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como “el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios el que hace al hombre.

El olvido de Dios condujo al abandono del hombre”, por lo que, “no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria”. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera (…) De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno (…) el hombre (…) se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las grandes corrientes del New Age (…) Hay fenómenos claros de fuga hacia el espiritualismo, el sincretismo religioso y esotérico, una búsqueda de acontecimientos extraordinarios a todo coste, hasta llegar a opciones descarriadas, como la adhesión a sectas peligrosas o a experiencias pseudoreligiosas.

El triunfo del relativismo ético lo apunta Lipovetsky (1994:57,81)

Ya nada en absoluto obliga ni siquiera alienta a los hombres a consagrarse a cualquier ideal superior, el deber no es ya una opción libre (…) La sociedad democrática inaugural ha sido la edad de oro de los deberes hacia uno mismo. Desde el siglo XVIII, el proceso de laicización de la moral ha estado poniendo sobre un pedestal el ideal de dignidad inalienable del hombre y los deberes respecto de uno mismo que lo acompañan. Kant fue el primero que logró dar excepcional brillantez a la exposición de los deberes hacia uno mismo liberados de cualquier religión.

Así dañado el hombre moralmente, muerto espiritualmente sin la vida en gracia de Dios, carece de suficiente fuerza de voluntad para decidirse por el bien y va oscureciendo su inteligencia, dominada por instintos, pasiones y vicios, para apostar radicalmente por el bien común. El pecado repercute socialmente con influencia degradante y acción destructiva (Gutiérrez García, 1992:142). Con razón escribía Ortega (1998:129,135) que hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos (...) Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas cabe padecer. (…) Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama rebelión de las masas.

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¿VALE LA PENA CASARSE?

¿VALE LA PENA CASARSE?
Por Tomás Melendo
Fuente: Arvo.net

http://www.temas.cl/nuevo/matrimonio/vale_la_pena.htm

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido: a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.

Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

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La familia sigue siendo lo más importante para los españoles

La familia sigue siendo lo más importante para los españoles 25.04.06 @ 18:03:36. Archivado en Sociedad (PD/Agencias).- Los españoles figuran entre los ciudadanos de trece naciones que más se fían de los demás y un mayor número de amigos y familia atesoran, además de pertenecer a los pocos países que aprueban a su Gobierno en cuanto a nivel de confianza, según un informe internacional de la Fundación BBVA divulgado este martes.

Basado en una encuesta a 20.000 personas de Reino Unido, España, Alemania, Dinamarca, Francia, Italia, Japón, Rusia, Turquía, EEUU, México, Israel y Chile (1.500 por país), el estudio analiza el capital social de cada uno de ellos y hace una comparativa.