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La Coctelera

Categoría: Matrimonio

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MATRIMONIO: PARA QUE HAYA CRECIMIENTO, NO CRISIS

MATRIMONIO: PARA QUE HAYA CRECIMIENTO, NO CRISIS

El matrimonio, como las empresas, ha de ser próspero, de lo contrario entristece y aburre. Sabemos la gran cantidad de energías necesarias para ---sin desaliento--- sacar adelante un proyecto empresarial.

Seguro que habrán oído alguna vez la muy acertada idea de hablar del matrimonio, el amor hombre-mujer-, como de un trabajo apasionante. Lo encuentro acertadísimo. Creo que, en verdad, el matrimonio requiere esfuerzo y sacrificio y, a la vez, puede ser motivo de gran disfrute, si se cuida a diario.

El matrimonio, como las empresas, ha de ser próspero, de lo contrario entristece y aburre. Todos sabemos la gran cantidad de energías necesarias para ---sin desaliento--- sacar adelante un proyecto empresarial.

Igual ocurre en el matrimonio que en la vida laboral. Es en esa tarea diaria donde se ejercitan las virtudes humanas. Así se llega a encontrar la felicidad propia, buscando la de los demás. De esta manera la felicidad es el resultado de una vida de entrega, por ello se puede ser feliz incluso con sufrimiento.

Pensemos que la ceremonia de la boda sólo fue el principio. Poco a poco se empieza a entender y valorar que la reverencia hacia la esposa o el esposo es más importante que el amor. La reverencia es muy superior al respeto. La primera necesidad de reverencia proviene de conocer lo que es el hombre, la segunda de saber bien qué es el matrimonio. De lo contrario, es muy difícil que éste alcance su elevadísima plenitud.

Viene a cuento un simpático hecho que transcribo, aunque quizás ya lo sepan. No pensemos que sea del siglo XVIII, pues es actual:

“Es la noche de bodas. El marido, con la mayor “naturalidad” del mundo, abre la puerta del dormitorio, sin avisar. Su mujer, con dulzura y sin vergüenza, le dice:
---Por favor, sal de la habitación y llama antes de entrar.
---¿Por qué tanta ceremonia? ---dice el marido.
Y la esposa, pausada, sin inquietarse, con elegancia y buen humor, comenta:
---Mi amor, pues para que nunca olvides el valor del permiso que ahora mismo voy a concederte”.

ENTREGA Y PLACER

Importa mucho no invertir los términos. Evitemos presentar la sexualidad como una condición previa para el amor. Es en realidad el amor matrimonial la condición primera para el regalo que es la entrega corporal. De lo contrario, el trato sexual separa y aleja al hombre y a la mujer, en lugar de unirlos. Como dice un amigo, el cerebro es el órgano sexual más poderoso.

Comprender es una tarea de amor hecha con la inteligencia. A última hora, comprender será compartir lo poco y lo mucho, lo grande y lo pequeño, lo temporal y lo eterno.

Por experiencia sabemos que, si queremos, somos capaces de sacar tiempo para todo aquello que verdaderamente nos interesa. Entonces ¿vamos a dejar de hacer un pequeño servicio a la esposa o a los hijos, por falta de tiempo?

Hay momentos en que irá muy bien desahogarnos, oxigenarnos de un tema que no acabamos de “cuadrar” con nuestro cónyuge. Bien, pero es vital tener esa confianza de amistad con la persona adecuada, en el momento oportuno y con cierta moderación.

No convirtamos el disgusto o la contradicción en una queja espectacular. Algunos fracasos personales e incluso problemas de salud o de carácter, se pueden convertir, si no se atienden a tiempo, en la excusa-causa para que la estabilidad del matrimonio pague las consecuencias. ¡Y eso no es justo!

Los medios que, en otro orden de cosas, por ejemplo el ámbito laboral, pondríamos para abordar con renovada ilusión una mejora personal y del equipo, parecen imposibles de poner en juego cuando se trata del matrimonio. ¡Pues no puede ser! Con sensatez, inteligencia y determinación, es preciso afrontar los sacrificios necesarios para mejorarse mutuamente, él y ella. Lo contrario es ser imprudentes. Y así, hasta las empresas más solventes acabarían en la bancarrota.

Es oportuno tener en cuenta que si lleváramos la cuenta de todos los defectos y errores de una persona, acabaríamos transformando en un ser despreciable hasta a la persona más encantadora. Todos necesitamos ejercitarnos desde muy chicos en la capacidad de pedir perdón y de perdonar.

El verdadero problema llega cuando hay desinterés por cuestiones familiares muy importantes como son la educación de los hijos, la administración del hogar o el trabajo del otro cónyuge. Es preciso evitar las “agendas ocultas” y recomenzar con sinceridad. Qué alivio será cuando al ver alguna incomprensión, no neguemos la injusticia que tenemos delante, pero reaccionemos renunciando a la venganza y queriendo lo mejor para el otro, a pesar de los pesares.

TERNURA Y UNIÓN

En estos asuntos nos urge ser reflexivos y objetivos. A veces, he visto gran preocupación por cómo puedan elegir los hijos una pareja adecuada para su matrimonio. Pues, mostrémosles un modelo de felicidad de carne y hueso.

En esta unión de dos personalidades que han de adaptarse, el marido y la mujer han de poner, enérgicamente, manos a la obra. Si el uno no se esfuerza, el otro deberá poner doble intensidad. Es un entrenamiento mutuo de libertad, responsabilidad y servicio, que construye la plenitud matrimonial.

Aunque no exista persona humana que sea capaz de satisfacer totalmente las necesidades de otro, sí encontramos en el matrimonio una fuerza que tiende a enlazar y a dar consistencia a dos diferentes maneras de ser.

Seguro que a todos nos agradará recordar algunos trucos para asegurar que ponemos los medios necesarios y razonables para ir a una. Como música de fondo tenemos el hecho clave, la prioridad, de intentar en todo momento adelantarnos a lo que pueda necesitar nuestra esposa o esposo. Es un “prejuicio” buenísimo que se puede adornar sistematizando detalles como:

---Tres días fijos a la semana llegar lo antes posible y puntualísimo a casa, evitando toca excusa laboral o de amistad.

---Al menos tres días a la semana, hablar tranquilamente, sin TV ni niños, antes de ir a descansar.

---Buscar y dar un beso “pausado” al esposo o esposa, nada más llegar a casa.

---Al menos una vez al mes salir a cenar o pasear los dos solos, como recién casados, hablando de temas de interés y agradables para ambos. Con paciencia, con tiempo. Saboreando la compañía de alguien que está a tu lado para facilitar las cosas, para buscar tu felicidad.

Todas y todos podríamos seguir la narración, pues cada uno sabe mejor que nadie lo que hace la vida más agradable a su propio cónyuge.

En fin, disfrutemos levantando, a diario, la principal empresa que tenemos entre manos, pues es la familia la realidad humana por excelencia, principio básico para cualquier mejora de la sociedad.■■■■■

Emili Avilés i Cutillas
www.educaresfacil.com

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Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos

Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos
El asombroso poder de la comida familiar

Firmante: Carolyn Moynihan
12-10-2005
113/05

http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=11894

Hace cincuenta años, antes de la expansión de las megápolis, la globalización y los matrimonios de dos sueldos, había un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no solo para comer, sino también para contarse cómo había ido el día, escuchar a los demás y estrechar los lazos familiares.

¿Un mito? Quizás. A decir verdad, también hace cincuenta años había empleados con turno de noche, padres que viajaban mucho y madres que trabajaban fuera de casa. Había profesionales que salían tarde del trabajo y papás que pasaban por la taberna antes de ir a casa, también tarde. La conversación en la mesa tal vez consistía, muchas veces, en peleas entre los chicos y exhortaciones de los padres: "esos modales...", "acostúmbrate a comerte lo que te pongan"... ¡Para quién no sería un alivio, a veces, poder librarse de la compañía de sus personas más cercanas y más queridas para dedicarse a sus aficiones!

De todas formas, el mito de la comida familiar encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que en nuestro mundo individualista y tecnificado solemos olvidar. Esto es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre alimentación, y lo que le movió a escribir "El asombroso poder de las comidas familiares: Cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos" (1). El mismo título hace afirmaciones atrevidas, basadas sin embargo no en tradiciones y mitos, sino en estudios científicos, en gran parte sobre adolescentes.

Para prevenir problemas

Veamos, por ejemplo, el estudio que motivó el trabajo de Weinstein. El objetivo del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas (CASA), de la Universidad de Columbia, es que los jóvenes no caigan en conductas destructivas (consumo de drogas, alcohol y tabaco, así como embarazos de adolescentes). En 1996 hizo un estudio para ver si había algo característico de los chicos que no presentan tales problemas. Para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que la asistencia a la iglesia o las notas.

Desde entonces, el CASA viene repitiendo esta encuesta todos los años. La de 2003 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos o al menos cinco veces por semana. En el segundo grupo son más los que dicen no haber probado nunca el tabaco (85%, contra el 65% en el primer grupo), el alcohol (68% contra 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Esos mismos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y tedio, y sacan mejores notas.

A resultados similares han llegado Marla E. Eisenberg y sus colegas (Universidad de Minnesota), que en 1998-99 reunieron datos de 4.767 adolescentes de distintas zonas. Según este estudio, comer en familia habitualmente contribuye a prevenir depresiones y suicidios, especialmente entre las chicas. La influencia negativa de no comer en familia se mantiene aun entre los chicos que dicen tener "buenas relaciones" con sus padres, así como una vez descontada la influencia de la situación matrimonial, el grado de instrucción, la raza y el nivel socio-económico de los padres. Los autores del estudio aventuran que "quizás las comidas en familia proporcionan a los padres una ocasión, formal o informal, de atender al bienestar emocional de sus hijos adolescentes, las chicas en especial".

De los jóvenes estudiados por los investigadores de Minnesota, solo una cuarta parte hacía siete o más comidas en familia por semana, y un tercio, una o dos, o ninguna. Pero hay indicios de mejora: las encuestas CASA muestran un aumento de la proporción de adolescentes que comen en familia no menos de cinco veces a la semana: del 47% en 1998 al 61% en 2003.

Una ocasión para hablar

Si las comidas familiares no hicieran más que prevenir el consumo de drogas en adolescentes, solo por eso valdría la pena tenerlas. Pero, naturalmente, hacen mucho más que eso. Previenen males porque antes han cumplido una tarea más fundamental. Como dice Weinstein, "estas comidas permiten a los hijos comunicarse regularmente con los padres, y a los padres comunicarse con los hijos. Nos conectan con nuestras tradiciones religiosas, culturales y familiares".

Regularidad es lo que ante todo Weinstein tiene en mente cuando llama "ritual" a la comida familiar. No es algo que hayamos de reinventar todos los días, algo que nos exija empeño para que sea un tiempo de convivencia familiar con "calidad"; es algo que prácticamente cualquiera puede hacer. La comida familiar "saca partido de necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos juntos el camino de la vida". Esta intimidad natural es la base sobre la que luego se levanta la "calidad". "Los investigadores descubren que nuestros más significativos recuerdos de la infancia no son grandes acontecimientos, como espectáculos o eventos deportivos, sino más bien el cariño mutuo, el compartir, el pasar tiempo juntos", dice Weinstein.

Pero el sentido religioso del "rito" no está fuera de lugar cuando hablamos de las comidas familiares, como han aprendido tantas generaciones acostumbradas desde la infancia a bendecir la mesa, y Weinstein, de tradición judía, no teme traerlo a colación. "Dedicarnos tiempo, hacer de nuestra mesa lo que una mujer que entrevisté llamaba 'un pequeño lugar santo', constituye un oasis en nuestro ajetreado mundo", dice. Podríamos ir más allá y decir, con James Stenson en su web Parent Leadership (www.parentleadership.com), que la comida familiar es "un tiempo sagrado para compartir, en el que invocamos la bendición de Dios sobre la familia y nos tratamos con cordial respeto".

Aprendizaje de virtudes

Stenson hace este comentario a propósito de las buenas manera en la mesa, asunto que vuelve a ponerse de moda ahora que los padres criados en los tiempos del "todo vale", en los años sesenta y setenta, se descubren desprovistos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social.

Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados para un estudio piloto en Minnesota decían que solían ver la tele durante las comidas), el teléfono, mensajes de móvil, Internet, videojuegos o alguien que se levanta de la mesa antes de tiempo para acudir a una cita– es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños, los niños aprenderán del ejemplo de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras (¡o de las malas!).

Aprenderán, como señala Weinstein, cosas tan elementales como qué cantidad es razonable ponerse o en qué consiste una comida equilibrada; a privarse de tomar algo fuera de hora para que todos tengan apetito al momento de sentarse a la mesa; a hacer pausas para conversar, y así evitar comer demasiado (nuestro organismo necesita veinte minutos para tener sensación de saciedad) y también los melindres. De este modo los niños estarán protegidos contra la obesidad, y las niñas, en especial, contra la anorexia y otros trastornos alimentarios.

Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación –a escuchar y a contar– y, al parecer, les suministra la mayor parte de su vocabulario.

Además –y esto es más importante–, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar esos valores en la vida cotidiana y a los problemas y oportunidades que encontrarán en la sociedad. Muchos de esos valores pueden hacerse virtudes alrededor de la mesa misma: estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre...; o inmediatamente antes y después: cuando los niños ayudan a preparar la comida y a quitar la mesa y fregar los platos, aprenden a servir a los demás y también a cuidar de sí mismos.

Una forma fácil de cuidar la familia

Con todo esto y mucho más a su favor, ¿por qué ha decaído la comida familiar? Actúan, por una parte, fuerzas exteriores, como la competencia de la comida rápida y las distracciones electrónicas que tanto se han multiplicado. Por otra parte, hay también factores como el trabajo de las madres fuera del hogar (el estudio de Minnesota muestra una correlación entre comidas familiares y madres que solo trabajan como amas de casa), horarios de trabajo excesivos (sobre todo entre los padres), niños con demasiadas actividades (entrenamientos, natación, clases de música...) y madres separadas o solas.

Pero, con excepción de la madre sola (un padre que vive en alguna parte pero nunca está a la mesa es un obstáculo permanente, psicológico y también práctico, para la cena familiar), ¿no son, en el fondo, excusas todas o casi todas las demás razones para no comer en familia?

En un reciente artículo del "Wall Street Journal" (29-07-2005), el editor neoyorquino Cameron Stracher indicaba una razón, que por lo general no se reconoce, del declive de las comidas en familia: los padres no quieren comer con sus hijos. Decía Stracher: "Muchos hombres dicen que, si hubieran de escoger entre tiempo y dinero, optarían por el tiempo; en realidad, escogen el dinero. Al fin y al cabo, ¿quién quiere habérselas con una niña de seis años presa de una rabieta porque le han puesto la pasta con salsa verde? Es mucho más cómodo quedarse en la oficina, encargar la cena, tomar una cerveza y volver a casa cuando los niños ya están durmiendo. Hay familias en que padre y madre están en casa pero esperan para cenar hasta que los niños se hayan ido a la cama. Como me dijo una madre: 'No es divertido comer con ellos'".

Stracher, por su parte, ha decidido cooperar: ha instaurado las "cenas con papá", comprometiéndose a cenar con su mujer y sus dos hijos al menos cinco noches por semana durante un año entero.

Nadie debería restar importancia a las fuerzas que hoy amenazan la cohesión de la familia y convierten a sus miembros en compañeros de piso que comen solos y tienen su comunidad en otra parte. Comer juntos no es todo, cuando se trata de intimidad familiar y del bienestar de los pequeños; pero sin duda es una parte y, como Weinstein sugiere, la parte más factible. Añadamos fuerza de voluntad y la comida familiar recobrará su puesto en el hogar.

____________________

(1) Miriam Weinstein, "The Surprising Power of Family Meals: How Eating Together Makes Us Smarter, Stronger, Healthier and Happier", Steerforth, Hanover (EE.UU.), 2005, 272 págs, 22,95 $.

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Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos

Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los chicos
El asombroso poder de la comida familiar

Firmante: Carolyn Moynihan
12-10-2005
113/05

http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=11894

Hace cincuenta años, antes de la expansión de las megápolis, la globalización y los matrimonios de dos sueldos, había un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no solo para comer, sino también para contarse cómo había ido el día, escuchar a los demás y estrechar los lazos familiares.

¿Un mito? Quizás. A decir verdad, también hace cincuenta años había empleados con turno de noche, padres que viajaban mucho y madres que trabajaban fuera de casa. Había profesionales que salían tarde del trabajo y papás que pasaban por la taberna antes de ir a casa, también tarde. La conversación en la mesa tal vez consistía, muchas veces, en peleas entre los chicos y exhortaciones de los padres: "esos modales...", "acostúmbrate a comerte lo que te pongan"... ¡Para quién no sería un alivio, a veces, poder librarse de la compañía de sus personas más cercanas y más queridas para dedicarse a sus aficiones!

De todas formas, el mito de la comida familiar encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que en nuestro mundo individualista y tecnificado solemos olvidar. Esto es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre alimentación, y lo que le movió a escribir "El asombroso poder de las comidas familiares: Cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos" (1). El mismo título hace afirmaciones atrevidas, basadas sin embargo no en tradiciones y mitos, sino en estudios científicos, en gran parte sobre adolescentes.

Para prevenir problemas

Veamos, por ejemplo, el estudio que motivó el trabajo de Weinstein. El objetivo del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas (CASA), de la Universidad de Columbia, es que los jóvenes no caigan en conductas destructivas (consumo de drogas, alcohol y tabaco, así como embarazos de adolescentes). En 1996 hizo un estudio para ver si había algo característico de los chicos que no presentan tales problemas. Para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que la asistencia a la iglesia o las notas.

Desde entonces, el CASA viene repitiendo esta encuesta todos los años. La de 2003 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos o al menos cinco veces por semana. En el segundo grupo son más los que dicen no haber probado nunca el tabaco (85%, contra el 65% en el primer grupo), el alcohol (68% contra 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Esos mismos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y tedio, y sacan mejores notas.

A resultados similares han llegado Marla E. Eisenberg y sus colegas (Universidad de Minnesota), que en 1998-99 reunieron datos de 4.767 adolescentes de distintas zonas. Según este estudio, comer en familia habitualmente contribuye a prevenir depresiones y suicidios, especialmente entre las chicas. La influencia negativa de no comer en familia se mantiene aun entre los chicos que dicen tener "buenas relaciones" con sus padres, así como una vez descontada la influencia de la situación matrimonial, el grado de instrucción, la raza y el nivel socio-económico de los padres. Los autores del estudio aventuran que "quizás las comidas en familia proporcionan a los padres una ocasión, formal o informal, de atender al bienestar emocional de sus hijos adolescentes, las chicas en especial".

De los jóvenes estudiados por los investigadores de Minnesota, solo una cuarta parte hacía siete o más comidas en familia por semana, y un tercio, una o dos, o ninguna. Pero hay indicios de mejora: las encuestas CASA muestran un aumento de la proporción de adolescentes que comen en familia no menos de cinco veces a la semana: del 47% en 1998 al 61% en 2003.

Una ocasión para hablar

Si las comidas familiares no hicieran más que prevenir el consumo de drogas en adolescentes, solo por eso valdría la pena tenerlas. Pero, naturalmente, hacen mucho más que eso. Previenen males porque antes han cumplido una tarea más fundamental. Como dice Weinstein, "estas comidas permiten a los hijos comunicarse regularmente con los padres, y a los padres comunicarse con los hijos. Nos conectan con nuestras tradiciones religiosas, culturales y familiares".

Regularidad es lo que ante todo Weinstein tiene en mente cuando llama "ritual" a la comida familiar. No es algo que hayamos de reinventar todos los días, algo que nos exija empeño para que sea un tiempo de convivencia familiar con "calidad"; es algo que prácticamente cualquiera puede hacer. La comida familiar "saca partido de necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite realizar aquello en que consiste ser una familia: cuidamos unos de otros, compartimos cosas, recorremos juntos el camino de la vida". Esta intimidad natural es la base sobre la que luego se levanta la "calidad". "Los investigadores descubren que nuestros más significativos recuerdos de la infancia no son grandes acontecimientos, como espectáculos o eventos deportivos, sino más bien el cariño mutuo, el compartir, el pasar tiempo juntos", dice Weinstein.

Pero el sentido religioso del "rito" no está fuera de lugar cuando hablamos de las comidas familiares, como han aprendido tantas generaciones acostumbradas desde la infancia a bendecir la mesa, y Weinstein, de tradición judía, no teme traerlo a colación. "Dedicarnos tiempo, hacer de nuestra mesa lo que una mujer que entrevisté llamaba 'un pequeño lugar santo', constituye un oasis en nuestro ajetreado mundo", dice. Podríamos ir más allá y decir, con James Stenson en su web Parent Leadership (www.parentleadership.com), que la comida familiar es "un tiempo sagrado para compartir, en el que invocamos la bendición de Dios sobre la familia y nos tratamos con cordial respeto".

Aprendizaje de virtudes

Stenson hace este comentario a propósito de las buenas manera en la mesa, asunto que vuelve a ponerse de moda ahora que los padres criados en los tiempos del "todo vale", en los años sesenta y setenta, se descubren desprovistos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social.

Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados para un estudio piloto en Minnesota decían que solían ver la tele durante las comidas), el teléfono, mensajes de móvil, Internet, videojuegos o alguien que se levanta de la mesa antes de tiempo para acudir a una cita– es sin duda el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa. Desde pequeños, los niños aprenderán del ejemplo de sus padres e irán adquiriendo el hábito de las buenas maneras (¡o de las malas!).

Aprenderán, como señala Weinstein, cosas tan elementales como qué cantidad es razonable ponerse o en qué consiste una comida equilibrada; a privarse de tomar algo fuera de hora para que todos tengan apetito al momento de sentarse a la mesa; a hacer pausas para conversar, y así evitar comer demasiado (nuestro organismo necesita veinte minutos para tener sensación de saciedad) y también los melindres. De este modo los niños estarán protegidos contra la obesidad, y las niñas, en especial, contra la anorexia y otros trastornos alimentarios.

Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación –a escuchar y a contar– y, al parecer, les suministra la mayor parte de su vocabulario.

Además –y esto es más importante–, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y a aplicar esos valores en la vida cotidiana y a los problemas y oportunidades que encontrarán en la sociedad. Muchos de esos valores pueden hacerse virtudes alrededor de la mesa misma: estar atento a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota divertida, generosidad para dejar a otro la mejor porción de postre...; o inmediatamente antes y después: cuando los niños ayudan a preparar la comida y a quitar la mesa y fregar los platos, aprenden a servir a los demás y también a cuidar de sí mismos.

Una forma fácil de cuidar la familia

Con todo esto y mucho más a su favor, ¿por qué ha decaído la comida familiar? Actúan, por una parte, fuerzas exteriores, como la competencia de la comida rápida y las distracciones electrónicas que tanto se han multiplicado. Por otra parte, hay también factores como el trabajo de las madres fuera del hogar (el estudio de Minnesota muestra una correlación entre comidas familiares y madres que solo trabajan como amas de casa), horarios de trabajo excesivos (sobre todo entre los padres), niños con demasiadas actividades (entrenamientos, natación, clases de música...) y madres separadas o solas.

Pero, con excepción de la madre sola (un padre que vive en alguna parte pero nunca está a la mesa es un obstáculo permanente, psicológico y también práctico, para la cena familiar), ¿no son, en el fondo, excusas todas o casi todas las demás razones para no comer en familia?

En un reciente artículo del "Wall Street Journal" (29-07-2005), el editor neoyorquino Cameron Stracher indicaba una razón, que por lo general no se reconoce, del declive de las comidas en familia: los padres no quieren comer con sus hijos. Decía Stracher: "Muchos hombres dicen que, si hubieran de escoger entre tiempo y dinero, optarían por el tiempo; en realidad, escogen el dinero. Al fin y al cabo, ¿quién quiere habérselas con una niña de seis años presa de una rabieta porque le han puesto la pasta con salsa verde? Es mucho más cómodo quedarse en la oficina, encargar la cena, tomar una cerveza y volver a casa cuando los niños ya están durmiendo. Hay familias en que padre y madre están en casa pero esperan para cenar hasta que los niños se hayan ido a la cama. Como me dijo una madre: 'No es divertido comer con ellos'".

Stracher, por su parte, ha decidido cooperar: ha instaurado las "cenas con papá", comprometiéndose a cenar con su mujer y sus dos hijos al menos cinco noches por semana durante un año entero.

Nadie debería restar importancia a las fuerzas que hoy amenazan la cohesión de la familia y convierten a sus miembros en compañeros de piso que comen solos y tienen su comunidad en otra parte. Comer juntos no es todo, cuando se trata de intimidad familiar y del bienestar de los pequeños; pero sin duda es una parte y, como Weinstein sugiere, la parte más factible. Añadamos fuerza de voluntad y la comida familiar recobrará su puesto en el hogar.

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(1) Miriam Weinstein, "The Surprising Power of Family Meals: How Eating Together Makes Us Smarter, Stronger, Healthier and Happier", Steerforth, Hanover (EE.UU.), 2005, 272 págs, 22,95 $.

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“En el debate sobre el matrimonio hay que ganar la batalla de las ideas”


Entrevista
“En el debate sobre el matrimonio hay que ganar la batalla de las ideas”
Maggie Gallagher aporta pruebas de que el hogar de los padres casados es lo mejor para los niños

Firmante: Carolyn Moynihan
03-05-2006
050/06

Fenómenos como el divorcio y la cohabitación, y las campañas a favor de que los homosexuales tengan derecho a casarse y adoptar niños, hacen necesario demostrar lo que la sociedad siempre ha dado por descontado. Un nuevo libro, "The Meaning of Marriage: Family, State, Market, and Morals" (Spence), reúne una muestra de la excelente labor intelectual que realiza el actual movimiento pro matrimonio. Maggie Gallagher, presidenta del Institute for Marriage and Public Policy (www.marriagedebate.com), es una de las firmas que han contribuido a esa obra colectiva, coordinada por Robert George y Jean Bethke Elshtain.

— Hemos dado por supuesto que el matrimonio es la mejor protección para los niños, pero ¿hay pruebas científicas de ello?

— En los últimos treinta años se han hecho sobre esta materia miles de estudios de distintas especialidades: psicología, sociología, economía y medicina. En prácticamente todos los aspectos que las ciencias sociales pueden medir, están mejor, por término medio, los niños de padres casados que permanecen juntos, siempre que el matrimonio no sea conflictivo o violento. En cambio, todas las patologías sociales importantes que pueden sufrir los niños se dan con mayor frecuencia en los hijos de padres no casados.

Cuando los matrimonios fallan, normalmente también se debilitan los lazos entre padres e hijos. Es común que los hijos de divorciados, de mayores, no mantengan relaciones estrechas y cordiales con sus padres: así ocurre en el 65% de los casos, frente al 29% de hijos de matrimonios intactos.

— ¿Qué tiene el matrimonio que protege a los niños: es el reconocimiento legal y social, como alegan los defensores del matrimonio "gay", o es algo más?

— El matrimonio, en cuanto institución jurídica y social, protege a los niños de dos modos. Primero, hace más probable que el niño sea concebido en un hogar donde está presente un padre comprometido. Segundo, aumenta las posibilidades de que los padres del niño sigan juntos.

Me explico. Para jóvenes atraídos por el sexo opuesto, evitar un embarazo fuera del matrimonio, no digamos ser continentes, exige esfuerzo. Ellos necesitan una motivación fuerte, y parte de esta motivación viene de la institución del matrimonio, que señala las condiciones ideales para tener hijos. El matrimonio, además, dirige las energías sociales de las familias y la comunidad a apoyar a la joven pareja en esta lucha.

Así, el planteamiento a largo plazo propio del matrimonio crea lo que en ciencias sociales se llama "efectos de selección". Una cultura del matrimonio hace plantearse a los jóvenes con qué tipo de persona quieren tener hijos. Y las cualidades de una buena madre o un buen padre (serio, responsable, comprometido) son también las cualidades propias de un cónyuge duradero, alguien con quien uno querrá compartir su vida. A esto se añade que el matrimonio recibe más apoyo de la sociedad y que sólo se puede disolver mediante proceso judicial, lo que aumenta más aún la probabilidad de que proporcione a los hijos un hogar estable.

El género importa

— ¿No es el ideal de familia basado en estereotipos sexuales algo que las sociedades avanzadas han dejado atrás? ¿Por qué insiste usted en que "el género importa" en la educación de los hijos?

— Es evidente que el hombre y la mujer no son iguales en el modo de cumplir la misión parental, y las diferencias se acentúan hasta el punto de que cada uno se especializa en los aspectos de la educación a los que se siente más inclinado. Pero los padres no son meros cuidadores que hacen tareas específicas. Aquí tenemos que tomar nota de recientes investigaciones que confirman la relevancia del género y los indicios de que es algo que llevamos incorporado aun desde antes de nacer. Cuando el niño que empieza a desarrollarse procura entender su cuerpo, tanto el progenitor del mismo sexo que él como el otro desempeñan un papel vital.

Por ejemplo, al experimentar el amor fiel de su padre, un chico tiene una profunda experiencia personal de masculinidad no egoísta, sino orientada al amor y al bien de la mujer y los niños. Sin esa experiencia, será más probable que el muchacho se vuelva agresivo y violento. De modo análogo, una chica criada sin padre llega a la adolescencia sin conocer cómo es el amor varonil cuando es realmente protector, no movido primordialmente por el impulso sexual. Cuando busque el amor masculino será vulnerable al uso y al abuso por parte de hombres jóvenes. Luego el género de los padres es muy importante para el bienestar de los hijos.

Como también, por cierto, lo son nuestros genes. Por ejemplo, la psicología muestra que los hombres, en particular, suelen ser afectados por la presencia o la ausencia de una relación biológica con un niño, como confirman los datos sobre malos tratos a niños.

— Pero los defensores del matrimonio y la adopción para parejas homosexuales citan estudios según los cuales los niños criados por una pareja homosexual se desarrollan igual de bien, o mejor que los criados por parejas heterosexuales. ¿Acaso esos estudios no son tan buenos como los que usted aduce?

— Es cierto que hay un conjunto de estudios que contradicen la opinión común de que lo mejor para los niños es la familia formada por sus dos padres unidos en matrimonio. Pero las revisiones de la literatura científica sobre orientación sexual y educación de los hijos muestran que esos estudios adolecen de deficiencias de diseño y de método. Una revisión completa halló que ninguno tenía una muestra representativa de parejas homosexuales, las conclusiones sobre los niños se limitaban, por lo general, a medir cosas como la identidad sexual o la autoestima, y apenas había estudios a largo plazo, cosa que no sorprende.

La mayor parte de los estudios sobre niños criados por parejas homosexuales comparan niños de parejas lesbianas con niños a cargo de la madre sola, por lo que no pueden aportar luces sobre la estructura de la familia como tal. Pero incluso en esos estudios se ve que la ausencia del padre está correlacionada con peores índices de bienestar en los hijos.

— Usted ha dedicado enormes esfuerzos al debate sobre el matrimonio. ¿Este debate se ganará por la fuerza de los argumentos, o es más importante la movilización de gente corriente que vemos en el movimiento a favor del matrimonio, del que usted forma parte?

— A la postre, los debates los ganan los intelectuales, los artistas y los santos: personas que persuaden con la razón, personas que despiertan sentimientos y personas que por su comportamiento nos mueven a imitarlos y adoptar sus ideas.

Todas las ideas sobre el matrimonio que dábamos por supuestas hasta hace poco no son "naturales". Son producto de varios milenios de cultura, con polemistas que vencieron en disputas con el paganismo romano, artistas que han contado historias sobre lo que es y exige el amor verdadero, y personas cuya santidad inspira confianza moral.

Las pruebas científicas son una parte, pero nada más. Las guerras culturales no se pueden ganar con movilizaciones. Así se pueden ganar batallas políticas, que son importantes. Pero, contestando a su pregunta, si tuviera que elegir, yo diría que las ideas son lo más decisivo para ganar el debate en torno al matrimonio.

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Entrevista tomada de MercatorNet (www.mercatornet.com).

http://www.aceprensa.com/art.cgi?articulo=12512

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¿VALE LA PENA CASARSE?

¿VALE LA PENA CASARSE?
Por Tomás Melendo
Fuente: Arvo.net

http://www.temas.cl/nuevo/matrimonio/vale_la_pena.htm

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido: a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.

Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

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LA GRANDEZA ESPECIFICA DE LA VIDA MATRIMONIAL

LA GRANDEZA ESPECIFICA DE LA VIDA MATRIMONIAL

Toda persona medianamente formada sabe que la cultura occidental –a la que tanto debemos en diversos aspectos- fue posible gracias, en buena medida, a la labor impagable de quienes se extenuaron buscando la verdad y clarificando los conceptos, como dice del gran Sócrates su discípulo Platón. Cuando se aprende a distinguir lo bello de lo feo, lo justo de lo injusto, lo constructivo de lo destructivo..., se sigue un camino ascendente en cuanto a claridad de ideas, firmeza de conducta, seguridad en los ideales, concordia de los espíritus. Cuando se lo confunde todo para dominar las mentes y las voluntades, se precipita uno por la vía que nos lleva, paso a paso, a la degradación. No olvidemos que la corrupción de los conceptos provoca la corrupción de la mente, y una mente corrompida envilece rápidamente a la persona y la sociedad. La confusión empobrece las ideas, y unas ideas empobrecidas acaban generando, a no tardar, una vida miserable.

Es bien notorio que en los últimos decenios se ha deteriorado notablemente la idea del matrimonio que tienen las gentes. Por diversas causas -entre ellas, las leyes divorcistas-, se considera, a menudo, que la vida matrimonial es una forma de convivencia estable, regulada por la ley pero alterable no bien surja alguna dificultad seria. El nexo entre unión matrimonial y compromiso de por vida es considerado como una exigencia contraria a la naturaleza humana -esencialmente cambiante- y opuesta al derecho que tenemos a elegir en cada momento lo que responda a nuestras necesidades y deseos. En la actualidad, los vocablos libertad y cambio están orlados por el prestigio propio de los términos “talismán”, términos del lenguaje que en ciertos momentos de la historia son tan apreciados que apenas hay quien ose someterlos a un análisis crítico y matizarlos debidamente .

Si queremos asentar sobre bases firmes la vida conyugal, debemos clarificar bien la idea del matrimonio a fin de devolverle toda su riqueza, sin dejarnos presionar por modas o por ideologías que quieran imponernos criterios carentes de fundamentación. Hemos de acudir a esas fuentes de saberes bien fundados que son los grandes especialistas. Edificamos sobre arena si nos dejamos llevar de meras “ocurrencias”, nuestras o ajenas. Hoy nos enseñan los biólogos y los antropólogos más cualificados que los seres humanos somos “seres de encuentro”, vivimos como personas, nos desarrollamos y perfeccionamos como tales creando diversas formas de encuentro. Consiguientemente, toda nuestra vida debemos orientarla a la creación de formas auténticas de encuentro y cumplir las exigencias que el encuentro nos plantea: generosidad, veracidad, fidelidad, cordialidad, comunicación sincera, participación en tareas solidarias...

Si, en la vida matrimonial, cumplimos estas condiciones, tenemos garantía de vivir una relación de encuentro, entendido en sentido riguroso, no como mera vecindad o trato superficial. El matrimonio, visto con una inteligencia madura –dotada de largo alcance, amplitud o comprehensión y profundidad- aparece formado por cuatro ingredientes básicos.

Los cuatro ingredientes de la vida conyugal

1. La sexualidad, la tendencia instintiva a unirse corpóreamente con otra persona por la atracción que ejerce sobre el propio ánimo y las sensaciones placenteras que suscita. Esa unión puede ser muy emotiva, excitante, embriagadora. Pero la embriaguez nos saca de nosotros mismos para fusionarnos con la realidad seductora. La fusión es un modo de unión perfecto en lo que suelo llamar nivel 1, el plano de los objetos (en el cual, por ejemplo, dos bolas de cera se funden y forman una sola bola de mayor tamaño), pero resulta muy negativo en el nivel 2 -el plano de las realidades que son más que objetos-, pues la unión entre ellas exige respeto, es decir, estar cerca manteniendo cierta distancia. Para contemplar un cuadro artístico, no debo pegar los ojos al lienzo; he de mantenerme a cierta distancia. De modo semejante, si deseo conversar con un amigo he de acercarme a él, pero guardando la distancia necesaria para abrir entre ambos un espacio de comunicación. En el nivel 2, la unión verdadera se consigue al enriquecerse mutuamente, ofreciendo y recibiendo posibilidades.

La energía sexual puede unir estrechamente a las personas en el nivel 1, pero no en el nivel 2 si no va unida con el propósito de crear esa forma de unidad personal que llamamos amistad. La sexualidad, ejercitada a solas, como mera fuente de satisfacción sensible y psicológica, no incrementa la generosidad hacia la otra persona; más bien, encrespa el egoísmo y anula la posibilidad del encuentro. El egoísmo inspira la voluntad de poseer y dominar aquello que encandila los instintos. Esa voluntad nos aferra a la actitud propia del nivel 1, actitud utilitarista que sólo atiende a las cualidades gratificantes de la otra persona, no a la persona como tal. Por esta razón, eminentes psiquiatras actuales –Rudolf Affemann y Víctor Frankl, entre otros- afirman que la sexualidad vivida a solas -como un medio para acumular sensaciones placenteras- se destruye a sí misma.

2. La amistad. Para hacernos amigos de alguien que nos atrae, debemos considerar su atractivo no como una incitación a convertirlo en fuente de gratificaciones inmediatas, fáciles, superficiales, sino como una invitación a entrar en relación de trato con él en cuanto persona. Renunciamos, con ello, a la libertad de saciar los instintos de forma inmediata -sin voluntad de crear una auténtica relación de amistad con la otra persona-, y ponemos en juego un modo más valioso de libertad: la libertad interior o libertad creativa. Tal renuncia implica un sacrificio, pero no una represión, porque dejar de lado un valor inferior para conseguir uno superior no bloquea el desarrollo de nuestra personalidad; lo promueve.

Para dar primacía voluntariamente a unos valores sobre otros, necesitamos suscitar en nuestro ánimo desde niños el sentimiento de asombro ante todo lo que encierra un valor: el clima hogareño de amor incondicional y ternura, un bello paisaje, un pueblo acogedor, una obra artística o literaria de calidad, un juego vivido con espíritu creativo, una conversación ingeniosa, un día espléndido, una acción noble, una fiesta popular o litúrgica vivida con autenticidad... Esta capacidad de emocionarnos al ver la alta calidad de seres y sucesos cotidianos nos da energía interior suficiente para vencer la tendencia a las ganancias inmediatas y consagrarnos a la fundación de modos de unión más exigentes.

Al ascender al nivel 2 y atender más bien a hacer feliz a la otra persona mediante el encuentro que a concedernos toda suerte de gustos sensibles y emociones psicológicas, descubrimos un mundo nuevo, distinto del mundo embriagador de las sensaciones –nivel 1- y superior a él. Superior en cuanto abre la posibilidad de crear una relación de amistad, es decir, de comprensión y ayuda mutuas, de elaboración y realización de proyectos comunes, de afectos profundos, no reducibles a goces sensoriales. En ese ámbito de amistad se advierte que las potencias sexuales dejan de ser un mero medio para obtener goces sensibles y se convierten en el medio en el que se expresa nuestro anhelo de unión personal. Entonces se descubre con lucidez que las fuerzas instintivas están llamadas a colaborar con nosotros en la gran tarea de crecer como personas. Si el ideal de nuestra vida es crear formas elevadas de unidad, resulta obvio que debemos superar toda manifestación amorosa que reduzca la unión personal a mero empastamiento sensorial.

Si estamos habituados a movernos en el nivel 1, tememos caer en el vacío si renunciamos a tal empastamiento y ascendemos a una forma de conducta desinteresada (nivel 2). Es comprensible, porque desde un nivel inferior no puede captarse, ni siquiera a veces adivinarse, la riqueza que alberga un nivel superior -con sus realidades de mayor rango y las actitudes humanas correspondientes-. En el nivel 1, el ensanchamiento de una realidad -por ejemplo, una finca- se realiza a costa de la colindante. En el nivel 2, al entrar una realidad en el ámbito de otra no la invade y succiona; acrecienta su riqueza interior. El hombre egoísta avanza hacia los otros con ánimo de ocupar su espacio vital. El hombre generoso se relaciona con los demás para potenciar su radio de acción. De ahí que, en el nivel 2, cuando estamos cerca de otras personas agradecemos que existan; no experimentamos resentimiento por el hecho de que puedan superarnos y disminuir nuestra autoestima. Cuando uno siente agradecimiento porque existen los otros, está bien dispuesto para otorgar a su amor una dimensión comunitaria.

3. La proyección comunitaria del amor. Cuando la atracción primera que sentimos hacia una persona se convierte en auténtico amor, nos vemos insertos en el dinamismo propio de este tipo de vinculación y ascendemos a un plano distinto del de la sexualidad y del de la amistad. De hecho, los seres humanos procedemos del encuentro amoroso de nuestros padres, que, en cuanto tales -no como meros progenitores-, nos llamaron a la existencia. Nuestra vida ha de consistir en responder agradecidamente a esa invitación. Si agradecer significa estar a la recíproca en generosidad, nuestra respuesta debe consistir en crear nuevas formas de encuentro. He aquí la razón profunda por la cual el amor personal se desarrolla creando formas de vida comunitaria.

El amor personal se enciende en la intimidad de nuestro ánimo y se incrementa en el ámbito recatado de las confidencias mutuas. Pero llega un momento en el cual pide, de por sí, adquirir una proyección comunitaria, darse a conocer, fundar un ámbito de vida dentro de la sociedad, es decir, un hogar, un lugar de acogimiento donde arde el fuego del amor y se transmite a otros ámbitos afines, formando así la “gran familia” de los allegados.

He aquí cómo, al reflexionar sobre la vida amorosa, resalta de inmediato el poder creativo que alberga. Hemos dado dos saltos: del nivel 1 al nivel 2, y de la actitud íntima privada a la actitud comunitaria. Ésta, a su vez, nos insta a otorgar una nueva dimensión al amor: la que se adentra en el enigma de la creatividad más alta.

4. La fecundidad del amor. Por darse en el nivel 2, la relación conyugal se muestra poderosamente creativa: incrementa la amistad entre los esposos y da origen a nuevas vidas. Al sopesar la importancia de ambas actividades, descubrimos maravillados el poderío de la unidad matrimonial. De la amistad escribió Lope de Vega: “Yo dije siempre, y lo diré y lo digo,/ que es la amistad el bien mayor humano” . Por otra parte, dar vida a una persona es un acontecimiento sobrecogedor. Cuando reparamos en el hecho de que dos personas, incluso las más sencillas, pueden generar un ser capaz de pensar, sentir, querer, elaborar proyectos de todo orden, amar, tomar posición frente al universo entero e incluso frente a sí mismo, a sus progenitores y al Creador, nos parece tocar fondo en el enigma de la realidad y sentimos un inmenso respeto hacia esa región de los orígenes.

Los cuatro elementos del amor conyugal forman una estructura

Los cuatro aspectos o ingredientes del amor conyugal deben hallarse tan vinculados entre sí que formen una estructura, es decir, una trama de elementos que se exigen y complementan de tal modo que, al desgajar uno de ellos, se desmorona el conjunto. Si, para procurarnos gratificaciones aisladas, movilizamos el primero de los elementos del amor conyugal -la sexualidad- y dejamos de lado los otros tres, despojamos nuestra relación amorosa de toda creatividad, nos alejamos del ideal de la unidad y situamos nuestra vida en el nivel 1, en el cual el amor se reduce a pasión.

Esa actitud unilateral es injusta con el ser humano, que vive como persona al crear toda suerte de encuentros. Por su condición de persona humana, se ve inserto en un dinamismo poderoso que le lleva a unirse conyugalmente con otra persona e independizarse de sus raíces familiares. Esta energía biológica, psicológica y espiritual ¿tiene por único fin satisfacer una necesidad individual primaria, como sucede con el comer y el dormir? Estas necesidades persiguen la meta de conservar nuestra existencia biológica, no la de configurar nuestra personalidad, porque no tienen capacidad de crear relaciones de encuentro. En cambio, la actividad sexual pone en relación íntima a dos personas y las somete a una peculiar conmoción. ¿Qué finalidad persigue esta vinculación conmovedora? Sin duda alguna, la creación de un modo valioso de unidad, una relación de encuentro.

Vista en el conjunto del proceso humano de desarrollo integral, la potencia sexual presenta una condición abierta, tiende a desbordar nuestros límites individuales y constituirnos como personas, en el sentido de seres comunitarios. Pero esta vida comunitaria desborda la relación de amistad entre los cónyuges, porque, como toda forma de vida, lleva en sí la exigencia de perdurar, lo cual implica la necesidad de renovarse mediante la procreación. El dinamismo interno del amor personal exige a quienes se unen conyugalmente por amor que lo hagan abiertos a la creación de nueva vida, y no conviertan el atractivo de su relación mutua en una meta. Esta apertura a la fecundidad significa la orientación de las potencias sexuales hacia fines que desbordan el área privada de cada persona y la llevan a plenitud. Tal orientación genera una energía insospechada, capaz de integrar los diversos aspectos del proceso amoroso personal.

La vinculación de estos aspectos no amengua la fuerza de las pulsiones instintivas, que entrañan cierto valor; ordena su energía al logro de la espléndida meta que es crear una vida de profunda unidad personal, con toda la fecundidad que implica. Si el ideal de nuestra vida es crear modos relevantes de unidad, debemos movilizar todas nuestras energías para lograr ese propósito. Este deber hemos de asumirlo con amor por cuanto no nos viene impuesto desde fuera sino sugerido desde lo más íntimo de nuestra naturaleza sexuada, ordenada a la creación de ámbitos amorosos.

El tema del amor humano muestra su espléndida grandeza cuando lo vemos dentro del dinamismo de nuestro crecimiento personal. Lo indica certeramente Gustavo Thibon:

“Nosotros no queremos una plenitud sexual que se compre al precio de la plenitud humana; no sentimos ningún gusto por costumbres que, bajo pretexto de satisfacer plenamente al sexo, vacían al hombre de todo lo demás. Únicamente el matrimonio puede al mismo tiempo satisfacer el instinto sin degradar a la persona” .

Esta degradación comienza cuando, por afán irreflexivo de exaltar la potencia sexual, se la aísla de su verdadero contexto, que es la estructura formada por los cuatro ingredientes del amor: sexualidad, amistad, proyección comunitaria y fecundidad. Tal aislamiento empobrece la vida amorosa, y todo empobrecimiento injusto es un acto de violencia contra la realidad, en este caso contra nuestra propia realidad personal. Nada ilógico que, tanto en la vida cotidiana como en la expresión literaria y cinematográfica de la misma, el cultivo de las relaciones sexuales al margen del amor personal, creador de amistad y de vida comunitaria, vaya unido a menudo con actos de violencia.

Cuando dos personas de distinto sexo se aman y unen sus vidas con la intención de vincular el ejercicio de la sexualidad al cultivo de la amistad, dentro del campo de interrelación profunda que es el hogar, y todo ello lo orientan hacia el incremento de su unidad mutua y de la donación de vida a nuevos seres, dan un salto cualitativo en su vida: se convierten en esposos. Ese tipo de unión recibe, de antiguo, el nombre de matrimonio.

El alcance de las uniones homosexuales

Si dos personas del mismo sexo están enamoradas y viven de forma estable una relación sexual y amistosa dentro de un hogar, pueden ser –si se quiere- excelentes amantes, pero no llegan a ser nunca esposos, pues, por ley natural, tienen las puertas cerradas a la paternidad y la maternidad. Considerar su forma de unión como un “estado matrimonial” es confundir los conceptos, alterar el lenguaje y, con ello, desarticular la realidad.

No vendría a cuento que alguien, al leer esto, levantara la voz para decirme que debemos respetar a los homosexuales y concederles todos los derechos ciudadanos. Es obvio que debemos respetar a todas las personas, pero también lo es que ciertos derechos no los tenemos por el simple hecho de ser personas, sino por las opciones que realizamos en la vida. Si no he aprendido a tocar el violín, no tengo derecho a llamarme violinista. Si no he adquirido el título de médico, no estoy autorizado a abrir una clínica. Por mi parte, respeto a los homosexuales –en cuanto personas- lo tengo todo, e incluso voluntad de ayuda. Durante años ayudé a sostener una familia que se hallaba en suma pobreza debido a la condición homosexual del padre, un profesor de escuela primaria. Deseo a todas las personas los mayores bienes, pero entiendo que sería un mal para todos confundir los conceptos y llamar “matrimonio” a lo que constituye una forma de unión distinta.

La unión de personas homosexuales puede presentar, en el mejor de los casos y en alguna medida, los tres primeros ingredientes del amor conyugal: sexualidad, amistad, proyección comunitaria –creación de un hogar-, e incluso el primer aspecto del cuarto: el incremento de la unión entre los que viven esa forma de unidad. (Aunque, respecto a esto, deberíamos hacer diversas matizaciones y salvedades). Lo que le falta, en absoluto, es el segundo aspecto de la fecundidad del amor: la donación de vida a nuevos seres personales. Y éste es un ingrediente esencial. La sexualidad matrimonial está, por su naturaleza misma, abierta a la vida, y lo mismo la amistad y la creación de un hogar. Tal apertura es la que da altura, dignidad y vitalidad a los esposos y a su modo de vida. La falta de apertura a la vida altera la calidad de los tres primeros elementos de la vida matrimonial. No procede, por tanto, decir que tales elementos o ingredientes del amor son iguales en la unión matrimonial y en la unión homosexual, excepto –en esta última- el detalle de no poder procrear. La verdad es que tales ingredientes pierden su sentido más profundo si no se vive el amor de tal forma que esa intensidad de vida florezca en la creación de nuevos seres. La sexualidad sin amistad no es igual que la sexualidad vivida como expresión de amistad y vehículo de un incremento de amistad. Esta amistad, cuando está abierta a la vida, pide de por sí proyectarse comunitariamente y crear un hogar que acoja a las vidas humanas que se van a crear y les ayude eficazmente a desarrollarse. El incremento de la unidad y del amor en los esposos está en la recta dirección cuando no supone sólo incentivar la condición gratificante de sus relaciones sino crear un verdadero ámbito de acogimiento para los futuros hijos.

Al unirse maritalmente un hombre y una mujer, adquieren una condición nueva, realmente portentosa: la de poder generar hijos en un entorno adecuado plenamente a su desarrollo. Esta condición no la adquieren dos personas del mismo sexo cuando deciden vivir en común. Pueden quererse intensamente, ejercitar a su modo la sexualidad con máximo ardor, pero nunca conseguirán la potencia generadora que las convierte en ineludibles colaboradoras de la especie. Por esta capacidad de colaboración, los casados heterosexuales merecen toda clase de reconocimiento y ayuda por parte de la sociedad, a la que ellos en buena medida hacen posible. Dos homosexuales que se unen para convivir contribuyen, en algún modo, a estructurar la vida social. Debido a ello, la sociedad hará bien en regular su forma de unión de tal modo que tengan ciertos derechos civiles.

En una entrevista, a un diputado que se declara homosexual y pide que se reconozca la condición de “matrimonio” a las uniones entre homosexuales se le indicó que también –por ejemplo- dos hermanas solteras que conviven forman una unidad muy fuerte, tienen unidos sus destinos, se necesitan mutuamente, se ayudan, colaboran a estructurar la vida social, y deberían, por tanto, ser consideradas como un “matrimonio” a todos los efectos. Él negó que posean tal derecho “porque les falta el ejercicio de la sexualidad”. Parece olvidar este político que el ejercicio de la sexualidad de un homosexual no es comparable al de una persona heterosexual, abierta a la generación de nueva vida. Por el hecho de unirse sexualmente no se adquiere ningún derecho especial ante la sociedad. La sexualidad homosexual puede ser intensa y gratificante, pero no es fecunda; no tiene para la sociedad más relevancia que el hecho de que satisface a ciertas personas y, en esa medida, contribuye a la estabilidad social. Pero esta aportación no puede compararse ni de lejos a la que realizan los casados que aportan a la comunidad nuevas vidas y les ayudan a crecer de forma saludable.

Ser esposos es inmensamente más que ser amantes. Hay que ignorar mil cuestiones para tener la osadía de identificar ambos conceptos. Supone un atropello a la razón. A estas alturas de la investigación antropológica no podíamos esperar que alguien cometiera este dislate conceptual. Si Maurice Merleau-Ponty o Dietrich von Hildebrand, Max Scheler o Ferdinand Ebner levantaran la cabeza, se volverían consternados a sus tumbas pensando que su ingente labor investigadora había sido totalmente vana. El bueno de Romano Guardini, que, por los años 30, esperaba que la humanidad avanzara hacia una época de mayor clarividencia y equilibrio, no tendría consuelo si viera el espectáculo que dan actualmente ciertos legisladores al tergiversar, de esta forma, los conceptos básicos de la vida humana. Porque él sabía muy bien que los conceptos no son meras palabras sino las columnas de esa trama de relaciones que es nuestra vida y que cada uno debemos colaborar a tejer incesantemente.

¿Ignoran, acaso, nuestros políticos que los grandes conflictos sociales se fraguaron en los despachos de pensadores que tomaron la vida intelectual como un laboratorio para realizar toda clase de aventurerismos intelectuales? Todo el que conozca la historia de las ideas sabe que con los conceptos debemos proceder de forma extremadamente cuidadosa, verdaderamente orfebresca. La tosquedad actual en el uso de las palabras y el manejo de las ideas no augura nada bueno para un futuro cercano, pues los procesos sociales están sumamente acelerados debido a los progresos técnicos en las comunicaciones.

Hoy se valoran muy positivamente los sentimientos y se da como razón de ciertas conductas el hecho de que sean fuente renovada de gratificaciones individuales. Se deja, en cambio, de lado el valor –positivo o negativo- que tales conductas puedan tener para el conjunto de la sociedad. Esta visión unilateral acarrea graves daños a la vida social porque encrespa el egoísmo y amengua la solidaridad.

Europa basó su grandeza en el estudio de las esencias, en la distinción de unas realidades y otras. Si ahora lo confundimos todo, volvemos a las tinieblas de lo irracional y desquiciamos la vida, la sacamos literalmente de quicio. Lo que es distinto necesita nombre distinto. No podemos utilizar los nombres arbitrariamente. Por eso, precisar debidamente los conceptos y utilizar el lenguaje con rigor no indica ser anticuado, retrógrado, poco liberal...; significa sencillamente ser “realista”, fiel a la realidad. Y esta es la primera condición de una persona culta.

Alfonso López Quintás
Catedrático emérito de la universidad Complutense de Madrid
Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
Presidente de la Escuela de Pensamiento y Creatividad

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“Conflictos en el matrimonio: ¿se puede aprender a querer?”

“Conflictos en el matrimonio: ¿se puede aprender a querer?”

artículo juan ignacio bañares, profesor de derecho matrimonial y subdirector del instituto de ciencias de la familia de la universidad de navarra, en www.homearguments.com

En las estadísticas suelen ir juntos: matrimonios, separaciones, divorcios. Según los datos disponibles, durante el año 2004 en España se contrajeron 216.000 matrimonios, se separaron 82.340 y obtuvieron la declaración de divorcio 52.591. Ciertamente la comparación de la primera cifra (216.000) con la suma de la segunda y la tercera (135.291) es relevante, pero es también relativa. Lo relevante es que la cantidad de matrimonios que se separaron o que obtuvieron el divorcio equivale al 62% del número de matrimonios celebrados en ese año. Lo relativo es que los 135.291 que se separaron o divorciaron en 2004, en sí no tienen nada que ver con el número de nuevos matrimonios: una cosa es cuántos se casan y otra cuántos interrumpen o rompen la convivencia conyugal.

En cambio las cifras sí pueden servir la comparación entre unos años y otros. En este sentido, por ejemplo, los 216.000 matrimonios contraídos en 2004 superaron los 208.000 de 2001 o los 211.500 de 2002.

La ley del “divorcio-exprés”

En cuanto a los divorcios, si bien los números se presentaban más o menos estabilizados, parece que en 2005 ha habido un incremento importante. Se entiende que la aplicación del llamado “divorcio-exprés” haya facilitado que una parte de los cónyuges separados se haya acogido enseguida a esa modalidad. Habrá que esperar algún año más para ver cómo sigue la tendencia. Pero, en cualquier caso, es claro que la posibilidad de un divorcio inmediato, sin culpas que demostrar y sin motivos que aducir, es un nuevo factor entre los generadores del divorcio. Ni la precipitación es buena consejera, ni el apasionamiento lleva al acierto: de hecho, hasta ahora se acababan reconciliando al menos un 20% de los matrimonios que se separaban. No parece que la esta ley-trampolín esté pensada precisamente para favorecer la restauración de la vida conyugal y familiar.

Es cierto que una ley de divorcio nunca ‘obliga’, pero también lo es que es más fácil resfriarse si te obligan a vivir con las ventanas abiertas. Convivir, superar las dificultades de fuera y las crisis de dentro, supone tiempo, esfuerzo, paciencia: el matrimonio se hace en un momento; la vida conyugal se construye en ‘cada momento’. Uno se convierte en cónyuge en el momento de la boda, al darse y aceptarse como esposa o esposo; uno permanece cónyuge para siempre, debiendo aprender a vivir las nuevas circunstancias desde esa perspectiva, desde esa dimensión nueva libremente asumida. Por eso se dice que la fidelidad –vivir según el compromiso adquirido- es muestra del amor –que llevó a tal compromiso-. Así, aprender a amar no es sólo –aunque no sea poco- aprender a comprometerse: es también aprender a ser fiel en toda situación.

Conyugalidad: ¿No se conoce, no se puede asumir, o no se quiere vivir?

¿Por qué ahora son más las rupturas matrimoniales? Quizá los motivos de fondo no sean pocos ni sencillos: pero tal vez tengan que ver con el concepto de la libertad, del amor y de la conyugalidad misma.

Tal vez la dificultad principal de hoy, no ya para amar, sino para ‘aprender a amar’, consista en la conjunción de ciertos desenfoques antropológicos típicos y tópicos en la que se ha llamado cultura occidental posmoderna. Se trata de errores serios sobre tres temas que están en la base misma del concepto de amor conyugal: el primero consiste en la consideración de la libertad como pura opción, es decir, como el puro hecho de tener las máximas posibilidades abiertas; el segundo, en la sustitución de la búsqueda de la verdad por la aceptación del relativismo; y el tercero en la sustitución de lo bueno por lo apetecido. Fijemos brevemente la atención en cada uno de ellos.

La libertad como simple opción

En efecto, si situamos la esencia de la libertad en la mera opción, la persona es más libre en la medida en que tenga más opciones disponibles: la libertad se pone antes de la acción del sujeto e independientemente del objeto que elija. Desde esta óptica, en realidad cualquier libertad real se hace imposible. El hombre, realidad finita, debe escoger y toda elección excluye otras posibles; en consecuencia, todo acto de elegir sería precisamente una limitación de la libertad.

Llevando el razonamiento hasta el final se daría el absurdo de que la libertad mayor consistiría en no realizar ninguna elección: no podríamos movernos, porque moverse es desplazarse hacia algún sitio concreto por un itinerario determinado y eso ya significaría rechazar las demás posibilidades y por tanto limitar la propia libertad; no podríamos comer, mirar o vestir, porque siempre se come, mira o viste algo concreto; no podríamos aprender, hablar o pensar, porque también la realización de estas acciones, al limitarse a un objeto, limitaría la libertad.

La realidad es muy distinta. El hombre es un ser inacabado, histórico: cuando nace contiene nuclearmente todo lo que es, pero le es propio dirigirse por sí mismo, a través de sus acciones, a lo que contribuye a su perfeccionamiento. La libertad no es, estrictamente hablando, una facultad del ser humano, sino una característica de la voluntad. La voluntad es una potencia natural que tiende a la acción, buscando la posesión de lo que percibe como conveniente o adecuado a su plenitud. El hombre, como los demás seres animados, puede y debe obrar para alcanzar su desarrollo. La diferencia con los demás seres es que el hombre conoce intelectualmente y –en consecuencia- su voluntad no está determinada por las circunstancias del entorno, sino que las trasciende como el espíritu trasciende la materia.

El objeto de la libertad, de la voluntad libre, no consiste por tanto en el máximo de opciones de los bienes posibles, sino en pasar del bien posible al bien real a través de la elección y de su posterior ejecución: el objeto de la voluntad libre no es la posibilidad de bien, sino obtener la posesión del bien. Cuando tengo hambre, mi voluntad no busca el máximo de posibilidades ‘en potencia’ para calmar el apetito, sino hacerse con un alimento concreto y saciarse.

Si se aplica el punto de vista erróneo, se entiende la elección como limitación de la libertad, el compromiso como una negación de la libertad humana, y el compromiso definitivo como algo inconcebible, porque la irrevocabilidad de la decisión atentaría contra el sentido mismo de la libertad. Desde ese punto de vista, en la medida en que un fin abarca más realidad, ordena más medios, está más enraizado en la persona, en esa misma medida atentaría más contra su libertad, porque cancelaría de golpe más opciones posibles. La consecuencia es clara: cuando la libertad se reduce a opción, el amor –el movimiento propio de la voluntad hacia lo bueno- se reduce al goce sensible.

¿Qué es la verdad?

El segundo error consiste en la sustitución de la búsqueda de la verdad por la aceptación del relativismo. También en este caso deja de considerarse como valor el conocimiento de la realidad objetiva y se sustituye por el valor que el sujeto quiera otorgarle; es cierto que hay muchas cosas opinables, que dependen de la perspectiva con la que mira cada uno, pero también es cierto que hay realidades objetivas, que hay afirmaciones que son verdaderas y afirmaciones que son falsas.

Desde el enfoque relativista no se puede decir que esto o aquello sea verdadero, o esto más verdadero que aquello: esto será verdadero ‘para mí’, y quizá ‘falso’ para aquél. Por tanto, desde este planteamiento el mero hecho de sostener que existe una verdad objetiva supondría otro atentado a la libertad, porque pretende una imposición que limita las opciones de los demás. Aplicándolo a la actuación del hombre, ya no cabe hablar del bien o del mal, de lo bueno o lo malo, porque si la verdad no es objetiva, no pueden existir juicios absolutos. En definitiva, cuando la verdad se reduce a la opinión, el bien se reduce al propio gusto.

¿Quién crea el bien?

Queda así abierto el paso al tercer error antropológico: la sustitución de lo bueno por lo apetecido. Si yo ‘decido’ y ‘creo’ la verdad, yo también ‘decido’ y ‘creo’ el bien. En realidad, ya no se trata del bien –que siempre se refiere a algo objetivo- sino de mi voluntad, que queda como fundamento único y último de todo.

Como se ve, el fondo de estos tres planteamientos es un inmanentismo antropológico que desemboca en un individualismo absoluto. El yo es el principio y el final que se manifiesta como un depósito insaciable de derechos individuales y como un absorbedor inagotable de beneficios tangibles inmediatos.

En lo que se refiere al matrimonio, las consecuencias son implacables. Ya en la Carta a las Familias, hace ya más de diez años, Juan Pablo II advertía que el modelo antropológico de hoy “se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre y, por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que es la verdadera entrega de las personas en el matrimonio” (n. 20). La libertad como opción impide la unidad de la persona que proporciona el fin: no cabe, por tanto, el amor, porque no cabe el compromiso. La relativización de la verdad impide cualquier referencia o anclaje de la realidad externa al propio sujeto: el valor de lo demás y de los demás dependerá, en cada momento, de mi aprecio subjetivo. La sustitución de lo bueno por lo apetecido fragmenta la dimensión sexuada de la persona humana en un calidoscopio de objetos ocasionalmente deseados.

¿Cuál es la relación entre el bien y el amor de verdad?¿Por qué hay que aprender a amar?¿Por qué no ‘sale solo’ ese don-de sí?¿Por qué es necesario el esfuerzo? Obviamente el esfuerzo es necesario porque hay dificultades. De un lado, el amor es lo más natural del ser humano, porque es su fin. De otro lado, el amor es costoso, porque no es automático, porque exige poner en orden los bienes y ejecutar ese orden, porque la secuela del pecado original y de los propios pecados desbarata ese orden incitándonos a anteponer el propio yo y porque nuestra voluntad libre es débil. Desde este punto de vista es claro que la dificultad para amar es simplemente nuestra facilidad para anteponer el yo a Dios y a los demás.

Al empezar me he referido a algunos errores antropológicos de nuestra cultura actual y que hacen difícil no ya el amor, sino comprender el mismo concepto del amor: comprender que nuestra libertad está para amar y que el amor consiste en el don. Si aquellos errores se resumían en un inmanentismo que se desborda en un individualismo cerrado, queda patente la principal dificultad: una cultura del yo, de la exaltación del yo, significa necesariamente una cultura de la ofuscación de Dios y de los demás.

Afortunadamente el contexto presentado no trata de ser una descripción de la realidad social en su conjunto, sino una explicación teórica de los errores prácticos que están produciendo en la sociedad occidental un desplazamiento radical –de raíz-, aunque muchas veces inconsciente, de las conductas y de los conceptos. Quizá tenga algo que ver con los datos de las estadísticas: pero las respuestas están siempre y sólo en las personas. Por eso creer en la libertad es optar por la confianza en el futuro.