El eclipse del padre
Entrevista a monseñor Paul Josef Cordes, autor de El eclipse del padre
LA FALTA DEL PADRE ES ALARMANTE
http://www.temas.cl/nuevo/index.htm
Cuáles cree que son los motivos del eclipse del padre?
Menciono sólo algunos pocos pensamientos para indicar cambios fundamentales. En comparación con tiempos pasados, ha mudado de forma considerable la preparación de los niños para enfrentarse a la vida e iniciarse en ella. En los siglos pasados, el padre poseía una función central en la transmisión de las habilidades básicas para la vida: transmitía su oficio, daba orientaciones para la política, el comportamiento en la sociedad; para los adolescentes, en su proceso de maduración, era el modelo más inmediato. Hoy la nueva generación en general, con los medios técnicos a su disposición, sabe más que los padres sobre el ordenador, Internet, las maquinas, la publicidad, los idiomas extranjeros y la Bolsa. Los padres, y a menudo también las madres, trabajan fuera de la familia y no pueden ser modelos inmediatos para sus propios hijos. Otro elemento es la nueva concepción de autoridad: en una democracia, la autoridad es otorgada por un tiempo determinado; tras este lapsus de tiempo, decae. Esta concepción político-social repercute, sin lugar a dudas, también sobre el papel y el poder de decisión del padre. No por último, es de gran relevancia el influjo del feminismo moderno sobre la comprensión que los hombres y los padres poseen de sí mismos.
¿Cree que las consecuencias de la ausencia del padre se ven reflejadas en nuestra sociedad?
Existen, en primer lugar, las afirmaciones de los antropólogos, que se basan sobre todo en la sociología. Algunos de ellos consideran que las divergencias psíquicas entre los sexos dependen sólo o principalmente del influjo cultural, y no de la naturaleza. Por lo tanto, sería necesario empujar a las chicas a jugar al fútbol y a los chicos a jugar con muñecas; las chicas deberían aprender a reparar coches y los chicos deberían tomar lecciones de ballet. Entonces la comprensión entre los sexos aumentaría –y finalmente la madre podría sustituir al padre y viceversa–. Esto se esconde también detrás de toda una serie de cambios legislativos; las nuevas disposiciones legales y los jueces, en casi todas las causas para la custodia de un niño –cuestión que, a menudo, se presenta a raíz de un divorcio–, dan la razón a la madre; a menudo ésta es para el niño la única persona de referencia. Los padres parecen ser superfluos. La idea del padre opcional se encuentra también en el origen de los conceptos de las Naciones Unidas con relación al papel del adulto en el acompañamiento de los niños y de los adolescentes; por ejemplo en la Conferencia mundial de El Cairo, en 1994. Existen sociólogos serios –por ejemplo, la famosa cátedra de Ciencias Sociales en Frankfurt– que opinan que la falta de padre favorece el resurgimiento de grupos de ultraderecha; los jóvenes buscan entre los machos la masculinidad y la firmeza que no hallan en el ámbito femenino.
¿Cómo definiría el papel del padre en la familia?
Es difícil. No se puede considerar al padre, de ninguna manera, un desdoble de la madre. Sólo con el padre, el niño puede hacer la experiencia de un tú; la madre no se percibe como un tú, sino como el propio yo. El amor hacia su mujer, madre de su hijo, lleva al progenitor a reconocer y a admitir su identidad de padre. Tiene que «aprender de la madre su propia paternidad» (Juan Pablo II). Se dirigirá cada vez más hacia el otro distinto de sí y descubrirá qué significa decir hijo mío. «¿Es verdad que, en la palabra padre, también el miedo encuentra su puesto? Nunca seré sólo calma, sino también tempestad. Y no dulzura pura, también llevo amargura»: así Karol Wojtyla hace hablar al padre en una poesía escrita hace muchos años. Y el padre se descubre después, ante las pruebas, no sólo como padre, sino también como hijo del Padre eterno.
¿Cómo ve el futuro de la familia?
Hoy se ve minada por las diferentes definiciones dadas en las leyes nacionales y en las prescripciones inspiradoras de las Naciones Unidas. Favorecen la existencia de solteros y, paradójicamente, llaman matrimonio a la convivencia de dos homosexuales. También es cierto que los tiempos modernos, con los cambios económicos, culturales, religiosos, han provocado un debilitamiento de los lazos familiares. No obstante, diversos factores antropológicos permiten dar a la familia un futuro netamente positivo. El ser persona, por ejemplo, no es posible sin el reconocimiento y el respeto de parte de los demás. Pero son, sobre todo, los parientes más cercanos quienes nos los dan. Nosotros, cristianos, estamos convencidos del significado de la familia, el primer lugar para la transmisión de la fe, que los padres no pueden delegar en nadie. El Antiguo Testamento ya otorgaba al padre el deber de comunicar a sus hijos el amor a Dios (cf. Dt. 6, 7). Quizá en los siglos pasados la familia apenas era tenida en cuenta. Ha sido sólo el Vaticano II, y de forma particular el Santo Padre, con continuos llamamientos, quien ha hecho tomar conciencia de la importancia y de la tarea de la familia en la Iglesia y en la sociedad.
¿Por qué, en vez de hablarse del humanismo cristiano en Europa, se habla del humanismo occidental? ¿Es eso un cliché marxista?
El francés Jacques Maritain, en su obra Humanismo cristiano, hace una distinción entre humanismo clásico y cristiano. Confirma que el humanismo clásico está compenetrado por una vasta herencia pagana, y remite, entre otros, a Homero, Sócrates y Virgilio. Yo tenía en la mente esta amplia comprensión, y de ninguna manera un concepto de lucha de tipo marxista. No quiero tampoco negar que también para los cristianos una vasta comprensión del humanismo puede encontrar su orientación en el Evangelio.
¿Por qué una persona sin hijos, con voto de celibato, escribe un libro sobre el padre?
Los padres corren el peligro de jugar sólo un papel secundario en nuestra sociedad. La relación del padre con la futura generación está quebrada, a veces turbada, o es inexistente. En la educación de los hijos dominan las madres. Ya desde un punto de vista psico-pedagógico, esto es fuertemente problemático para los adolescentes. Para una sana orientación en la fe, la falta del padre es dramática y alarmante. De hecho, nuestras experiencias naturales son la base de nuestra forma de concebir la fe; sacan a flote lo que el mensaje de Dios quiere suscitar en nosotros. Por esto, una concepción defectuosa del padre estropeará nuestra relación con Dios. ¿Qué pastor, qué catequista y educador podrá, por tanto, dejar pasar inobservados los cambios acontecidos en la imagen del padre?
